domingo, 20 de julio de 2008
Noche y ruido
Duermes: todo ha pasado. La noche ha sido larga. Hemos esperado a que llegaras, y, finalmente, lo hiciste. Lo importante es que todo fue bien. Te presentaste tarde, pero únicamente se trató de una demora por el alcohol y por el alucine de la noche que no ha ido a más, por fortuna. Has vivido unas horas intensas: has pensado que esos momentos eran irrepetibles, y de ahí el que no hayas meditado en torno a las preocupaciones que podrías generar. Has sido –deberías reconocerlo- muy egoísta. Descansas ya plácidamente. Todo el trajín que has producido permanece en el desván de los recuerdos para el olvido oportuno. No ha sido nada: todo ha ido genial, y eso me satisface. Hemos tenido suerte, tanto tú como yo, como el resto de la familia. La agitación de la noche te trastocó los parámetros: pensaste que ibas al sur y te encaminabas hacia el norte. La realidad no se distingue bien cuando el Sol se marcha, y a menudo tampoco se interpreta correctamente estando él un poquito más cerca. Las horas -algún día lo comprenderás- se nos han hecho eternas. Todo pasaba, y no pasaba nada, y el silencio nocturno se clavaba como una aguja afilada, punzante, sin misericordia. No sabíamos dónde estabas, y si estabas bien: queríamos creer que te hallabas en brazos del amor, pero no entendíamos que éste nos robara unos instantes fecundos para convertirlos de mágicos en dolorosos. Pensamos que te habíamos perdido. No fue así, gracias a Dios. Te queremos tanto que no podríamos vivir sin ti. Para nosotros es fácil amarte, lo más fácil, a pesar de tus polaridades, de tus actitudes, de tus muestras egocéntricas. No te hemos criado convenientemente, lo que indica que en algo hemos fallado, pero eres nuestro, como nosotros te pertenecemos, y con eso, que no es poco, nos basta. Ha sido una noche ruidosa.
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