domingo, 20 de julio de 2008
A vosotros, por vosotros
Tengo un ramillete de alumnos y de alumnas que no merezco en modo alguno. Cuando pienso en lo que me han aportado durante este año me quedo como embobado, sumido en una catarsis que justifica muchos puntos flacos en esta existencia de vaivenes. El hallarlos, el saborearlos, como en su día fue el llegar a la Universidad, ha sido un milagro que ha dotado de horizonte a un mundo complejo y herido a la vez por las prisas mundanas que nos hacen aterrizar en el mismo aeropuerto abandonado. Amigos y amigas, he aprendido muy mucho de este grupo de personas maravillosas que impregnan a la ciudadanía del mundo de un antídoto contra la depresión y el cansancio. Cuando les veo, me devuelven la frescura de unos años mozos que ya comienzan a decir un hasta luego que es un adiós definitivo. Les miro y soy yo: me reconozco en sus miradas alegres, divertidas, traviesas, inteligentes, adecuadas a cada situación que conforma un pasatiempo impagable. Me alimento de sus ganas de vivir, de comerse el mundo, de atravesar los obstáculos, sobre todo esos que no dominan. Por mucho que yo les de, ellos me retornan dividendos con creces, más abundantes. En este universo controvertido, lleno de celos, de envidias, de enfrentamientos, ellos y ellas son las islas del tesoro que todo lo justifican: son el futuro por el que debemos luchar, como ellos también pugnan. Intento, y no sé si lo logro, abrirles el camino, pero ellos me lo abren mucho más. Gracias por todo, fundamentalmente por vuestra dignidad.
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