Termina la tarde, como termina el día, como empezó todo. El juego entona su despedida, y ya no soy el mismo de antaño. He pagado por el viaje, y me quedo con un billete roto y con la esperanza sin contenido. Concluimos la misión, y ya da un poco de miedo lo que viene detrás, que es vacío y desconocimiento. Los últimos rayos se tapan con un manto leve y disputado. Creo, pese a todo, que debe ser así: estoy listo.
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Partimos hacia la emoción que nos prepara para lo que ha de venir casi de manera inevitable. Nos presentamos al concurso de la vida, y, vaya como vaya, debe despedirse de algún modo. Hoy parece que lo hace, y, si no es en esta jornada, será en otra ocasión. Todo parece posible, inexorable, flaco, desierto, y sin una persona amada cerca.
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Nos vestimos de cautela con fórmulas que nos incluyen en el punto crucial que todo lo defiende y que todo lo pierde casi al mismo tiempo. Llegamos con el corazón flaco, y sin nada nos quedamos. Es cosa del día de hoy, y entiendo que también de mañana.
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