Nos pausamos. Nos decimos. Nos calibramos. Nos albergamos. Nos propiciamos. Nos reconocemos. Nos debemos. Nos actualizamos. Nos reforzamos. Nos tenemos con optimismo.
Nos evolucionamos. Nos metemos en líos. Nos veremos pronto.
Hay heridas que duelen porque cuando se abren eres consciente, muy consciente, de que nunca se cerrarán.
Hay heridas que se ciernen como buitres leonados que nunca se hartarán de roerte, de abalanzarse, para que no escapes.
Hay mucho dolor en estas malditas heridas, que abundan en las enormes debilidades que siempre nos colocaron a desnivel.
Hay heridas que dan que hablar. Nos hacen orificios perfectos para los que nunca habrá cura.
Lo sabes, y duelen a más no poder. Nos han estado esperando durante años, y, al final, se han impuesto.
Son heridas que crecen, que nos disparan al corazón, que tienen la rabia ya no contenida, que se perpetúan sin escrúpulos, que nos desatan para perder libertad.
Son heridas que tratarán de cambiarnos. Podrán, antes o después, con nosotros, con lo físico, pero no se impondrán. Es quizás lo único que podemos decir.
Han aparecido, esas condenadas heridas, para sustentar sus garras afiladas en la derrota y en la soledad.
No hay superficie para esos delirios de hartazgo, para sus golpes a gritos.
Nos pueden en tramos. Y se extienden. Es así: las heridas de las que hablo son de esta guisa.
Son, por sus ansias, por sus operatividades, una verdad de desidia.
Nos echan a una sima. Ya les adelanto que no caeremos del todo, por mucho que sean estas heridas vacuas.
Perciben, deben constatar una cosa: la esperanza con el bien siempre triunfan incluso ante la aglomeración de esos cortes y sus inevitables cicatrices, que no olvidaremos.
Actualmente es profesor de “Comunicación Interna” y ”Programación Audiovisual” en la la Universidad de Murcia y está, igualmente, adscrito al Programa de Doctorado. Ha sido Presidente de la Asociación de la Prensa de Murcia y del Colegio Oficial de Periodistas de la región.