martes, 17 de junio de 2008

Seré rentable

He superado el umbral. No estoy para nada. Las soluciones no aportan otra cosa que desequilibrio. La unanimidad me deja sordo. Me incorporo tarde y mal. Me he despertado: solo durante un instante, pero lo he hecho. La cordura me afecta con múltiples ideas, que se agolpan intentando llegar a una coherencia mayor. No represento nada. Las líneas básicas vuelven con un protagonismo especial. No he elegido yo, sino las circunstancias. Las convenciones se han quedado en un segundo término. Los poderes aciertan con bloqueos. Se ha abierto un camino. He “puenteado” la lógica de las cosas, y ahora estoy en otro nivel. La importancia suma, y en adelante sigue con un impulso que necesita de inyecciones y de aprobaciones diversas. La vitalidad viene de otro costado, con otro sesgo, con responsables distintos. El encuentro ha sido principal. Las voces contrarias ya no me molestan. Todo queda atrás. Dejo claro que hay un antes y un después. La aplicación del último envite no admite reutilizaciones con apoyos menos claros. Las cosas no están en su sitio. Llego a otro lugar: ya lo he hecho. Me reúno conmigo mismo, y paseo por magníficas exposiciones que me brindan celebraciones y citas. No había dado hasta este momento con una campaña en mi favor. Cumplo. El desarrollo sostenible será mío. No ceso. Mi mente ha emigrado de las malas calidades, y las respuestas están en mi cesto. El marco incomparable será mi alma, que se convertirá en el gran escenario de mi nuevo paisaje. Aprovecharé cada segundo. He aprendido la lección. Estoy donde debo: en camino, en un trayecto sin límites y sin pausas. Comienzo otra etapa. La impresión ha sido fuerte. El valor ha venido de tu mano, de tu estampa, de tu mirada visionaria. No te dejaré solo. Procuraré beneficiarme del tiempo, de todo lo que realice, de la producción de cada mes, de las contribuciones de mis amigos... Seré rentable para mí y para mis familiares. Ya no me conformo con cualquier cosa, con lo que llegue. En ello estoy.

Elucubración

Reglas. Miradas. No vemos. Las activas son pasivas. Las consecuencias son malos tonos. No trabajamos a gusto. Los ordenadores nos funden. Nos cansamos. Las tremendas ganas de triunfar nos hacen llevarnos por delante a cualquier persona que se nos ponga en el paso obligado. No damos con la salida. La vida es, decimos, y no es tanto, no tanto para amargarnos. Las travesuras de niño nos consideran inútiles, y nos atan a la pata de la cama para transigir y comprender las ruedas y las muelas de un molino de viento con espumas en el aire. Pagamos un “plus” por las interferencias, por lo que pasará, por unas imágenes que no veremos, y nos quedamos aturdidos y medio confusos a la espera de un trance mejor y más distante. No estamos listos, aunque lo pensamos. Los fines de las visiones contemplativas nos elevan a la categoría de chispa en sus variadas acepciones. Las estancias sombrías nos colman de malestar. Fijamos un día y aseveramos un tránsito que es torpeza y tontería. Nos sentamos a comentar lo que nadie ve. Las previsiones recuerdan lo contemporáneo. No estamos bien. Ponemos el alma en el trabajo, que se ve estimulado por varios empeños que tardan en fraguar. Regateamos para perder a la postre. “No estamos preparados”, nos repetimos una vez más. El polvo llena los recuerdos, que se ven entre aventuras y ficciones actuales. La experiencia se asemeja a la frustración. Cotizamos al alza para ver más fantasmas. Las posibilidades se observan con incomunicación y miramos por el rabillo del único ojo que sabe, si es que sabe de verdad. Nos agradamos para conformarnos, y nos conformamos con agrado. Hablamos medio desnudos, debido al agobio que nos acompaña. Encontramos un tesoro y nos ponemos cientos de condiciones. Nos apegamos al pasado, y nos imponemos una sonrisa que no es real. Tratamos de huir a los sueños de la infancia, y ésta nos dice que feneció, si es que vivió un día. Despertamos del sueño, de la pesadilla más bien, y nos decimos que toda esta elucubración no podrá suceder. Ojalá.

Las quejas

Paseaba la otra tarde por mi pueblo, saboreando el olor y la frescura de este ambiente maravilloso de Primavera en esta bendita tierra murciana. De pronto se me acercó un viejo amigo de la infancia, etapa que ya empieza a distanciarse bastante, por cierto. Me contó cómo le iba: me dijo que la familia pasaba de él, que los hijos le habían abandonado, y que su carácter afable de siempre se le había marchado un buen día por todas y ninguna razón. Los símbolos y los signos de su rostro definían un trasiego complicado y de mucha labor. Sí, verdaderamente, me confesaba, estaba solo, muy solo, tremendamente abandonado. El cartel de “no hay billetes” se había colocado en su mente, y en el centro de su existencia todo lo importante era relativo. La comunidad que hasta entonces le había acogido ahora le llamaba loco, loco de atar; y, de hecho, en más de una ocasión, según me contó, había sido internado. Los mensajes de su interior se afanaban por salir, al tiempo que la curiosidad de sus conciudadanos se había esfumado. Ya no recibía ayudas de nadie, de ningún vecino. Quizá, se decía, lo había merecido. Él sabía que sus modales eran incómodos, extraños, estridentes, burlones, rechazables... A pesar de todo ello, sus creencias eran firmes, y hubo instantes de aquella conversación que me sentí impresionado por sus reflexiones. Él afirmaba que le llamaban loco porque creía en un Dios, porque amaba la fraternidad, porque se confesaba cariñoso, porque hablaba en voz alta y gritaba sus satisfacciones más anecdóticas, porque se pasaba el día de un lugar para otro, porque hacía lo que quería, porque no trabajaba 12 horas cada jornada, porque se emocionaba con los niños y los mayores, porque detestaba la hipocresía y no era capaz de ser falso. Me llenó y me sació en cierto modo esta conversación. Sus ideas, a veces inconexas, a menudo hilarantes, eran, en todo caso, fruto de una determinada bondad. No era peligroso, salvo por el sentido del ridículo que despierta el griterío en tu entorno. Han transcurrido los días, y aún sigo pensando que no estaba muy loco. Escuché sus quejas y aquí cuento sus leves circunstancias. Después de esto, solo les pido una cosa: si encuentran un loco, no dejen de atenderle.

Una carta

He recibido una carta de una amiga, que, a su vez, me remite una misiva que ha ido de mano en mano entre el colectivo de nuestros conocidos. La madurez y el nivel de reflexión que de ella se extraen, que yo extraigo, me han llevado a que, con carácter excepcional, reproduzca sus párrafos. Seguro que nos sirven a muchos, a todos los que miren con el corazón limpio. Son éstos: “Siempre me creí joven, aunque me viera mayor. Ahora me siento mayor y me quiero ver joven. El campanazo para despertar de la cotidianidad cómoda de mi vida fue la cercanía a los cuarenta. A los treinta y nueve años ya no soy un niño, no soy un jovencito y ahora experimento plena conciencia de mí mismo. ¿Será esto lo que llaman madurez? Fue un despertar mágico, una lucidez interior desconocida, un reconocimiento de mi propia existencia, de mi propia valía, respeto por mi ser y florecimiento del amor propio, que nos es bastante esquivo. Cómo es de difícil reconocerse y quererse, ser consciente de nuestro propio valor desligado del reconocimiento externo. Es uno mismo quien elige a los amigos del corazón y la calidad del tiempo que comparte con ellos. Ya no buscas ser elegido. No esperas agradar socialmente, ser aceptado o reconocido. No te percatas de un desplante o de una mala mirada. Tantos dolores de cabeza por “el qué dirán” y resulta que a la mayoría de la gente no le importa mucho lo que uno hace y, a veces, ni se da cuenta de que uno existe. Descubrí el amor infinito en un abrazo con mi sobrina que dejé con cinco años y ahora tiene quince. Me hizo experimentar la plenitud de la existencia y sentir la presencia de Dios. El miedo a los cuarenta fue el campanazo, pero el reconocimiento interior fue previo. Ese observarte cada día en tu lenguaje y en tus acciones. Ese descubrir que no estás solo, que miles de almas rondan a tu alrededor y sienten, sufren, lloran, sonríen, sueñan y tienen miedo como tú. Descubres que las palabras y las acciones tienen consecuencias imprevisibles, que a veces hacemos daño sin darnos cuenta. La verdad deja de ser en blanco y negro, y encuentras en las zonas grises que también contaba la versión del otro. Reconocí, por ejemplo, que el “sobrepeso” es mental, que no existe dieta en el mundo que pueda contra tu propia resistencia interior a liberarte del peso. Pero, así mismo, no hay manjar que venza la firme decisión de quererse y verse bien. Y, aunque las lágrimas ya no resbalan con la facilidad de antes, la sensibilidad aumenta en el reconocimiento del otro. Por ejemplo, descubrí con admiración que mi mamá, a mi edad, era toda una heroína. Existe un pacto tácito de silencio para no revelar la edad ni la crisis que genera atravesarla. Sin embargo, no me ruboriza confesarla, porque comprendí que el secreto está en el tránsito como una oportunidad para reinventarme en aquello que todavía falta por descubrir sobre mi vida. Ese potencial infinito para crear y soñar. No les temo a las arrugas en el cuerpo, sino a las cicatrices del alma, esas que sólo pueden estirarse en una cita con la memoria para aligerar el equipaje. Recorrer el pasado con el valor suficiente para observarse a sí mismo en los recuerdos que pesan, los que duelen, los que se esconden, los que hirieron y los que humillaron. Es una cita obligada para reconocerse, perdonarse y amarse. Pero ese viaje requiere mucho valor, valor y amor propio, para iniciar a los cuarenta el principio del resto de mi vida, y terminarla como la hizo mi abuela, con brillo en los ojos y una sonrisa en los labios”. Basilio. Amigos y amigas, releo en una y otra oportunidad estos párrafos infinitos, y me doy cuenta de lo torpe que soy cuando me complico la vida esperando o no esperando cosas. La existencia, os digo, es como es: no la enmarañemos más. Debemos recoger, como Basilio, la cosecha de cada jornada, de cada año, y compartirla con los demás, en nuestro contexto. ¡Qué bien sienta amar! Saludos a todos, y recordad que os siento muy cerca.

Ellos se lo pierden

Tenemos una deuda, una enorme hipoteca que pagar, si es que podemos en alguna ocasión. La existencia del ser humano se justifica por muchas cuestiones, por muchos propósitos, por una serie de conquistas. Necesitamos, al menos así lo entiendo, unos invulnerables fundamentos que no se extingan. Debemos construir con ladrillos un “fuerte” lleno de patrimonio. No hablo de soluciones científicas, sino humanas. Me refiero a la formación, al conjunto de conocimientos que hemos de adquirir a lo largo de nuestra existencia. Parece que explico lo obvio, porque todos lo entendemos, pero lo cierto es que no todos lo ponemos en práctica. Desde que el “homínido” despego del suelo, su mayor conquista ha sido la comunicación, primero oral, y luego escrita. Este intercambio por unos u otros procesos, que se ha ido complicando con el paso del tiempo y las conquistas tecnológicas, ha sido la base primordial para salir adelante frente a nuestras a veces nocivas influencias. Aunque a menudo no se entienda, no hay mayor baza de defensa de la libertad que el aprendizaje, no solo individual, sino también colectivo. La sociedad avanza cuando está suficientemente formada la mayoría de sus miembros, teniendo previamente cubiertas las necesidades económicas, amén de otras matizaciones. No valen argumentos con coartadas, con ornamentos exculpatorios. Si colocamos un muro, lo único que hacemos es demorar las posibles soluciones. La vida es un lujo, un lujo con responsabilidades, y, entre ellas, descuella la evolución personal en todos los planos, sobre todo el de la sabiduría. Frente a la pereza mental y el vicio de quedarse atrás defendemos la “conmoción academicista”. Digamos “no” a las primaveras negras, a las mascarillas por enfermedades del cuerpo y del alma. La fantasía se despierta con actitudes. No hagamos de nuestros cuerpos unos cacharros. Como hecho obligado en nuestros particulares desarrollos hay que recurrir a la lectura como método o camino para viajar a todas partes a un precio módico. Debemos extender a los cuatro vientos que la auténtica libertad puede venir de la lectura, de la mucha lectura, adornada y aderezada, claro, de otros elementos. José Jiménez Lozano indica, con acierto, que “por lo menos, que los que no leen sepan lo que se pierden”. No es ambicioso, sino más bien una fortuna, el pedir que conozcan la poesía de García Lorca o de Miguel Hernández, o que hayan leído un poco a Pérez-Reverte, o a Pío Baroja, o a García Márquez, o a Vargas Llosa, o a tantos y tantos otros, actuales o no. No sé si hay tribus o ideologías dominantes, no sé tampoco si somos una especie a extinguir. Lo importante es que tengamos en cuenta cuál es nuestro deber. El paso del tiempo no debe borrar jamás la gloria de la Humanidad, que, aunque hoy no lo parezca, está ahí, peligrosamente amenazada. Frente a los bocinazos, el griterío y el ruido en sentido amplio, pensemos un poco más, y sepamos qué piensan los “otros”. Recordemos nuestro afán de niños cuando cogíamos un libro de cuentos. Leer puede ser entretenido, y mucho. Defendámoslo. Si no nos hacen caso, digamos como Jiménez Lozano: “ellos se lo pierden”.

También culpables

Nadie trae la comida. Se encuentra sola. El peligro acecha en un sistema en el que hasta los reyes pueden morir. La alerta le consume. No se puede reunir con sus padres. Suena la música del desencanto y de la desesperanza. Cuajan los alimentos en estómagos ajenos. Se limitan los hallazgos. El riesgo se representa con una mayor separación. Trotamos y nos quedamos aislados entre huecos de un lado y de otro. No está lista. Las competencias se derrumban. No bailamos. Las composturas alejan del sitio perfecto. No tiene. La navaja reluce. Canta para matar el miedo al silencio. Los millones rodean las actividades diarias y las sensaciones. Grita de vez en cuando. Regresa de ninguna parte y se manifiesta aturdida. Imagina. Lo sabroso deleita a otros. Los premios caen en distintas manos, que no son las suyas. El día no encanta como antes, y mucho menos en sus comienzos. Las costumbres ahuyentan. Ella no es, no es como hace tiempo. Lo bonito calla. El espíritu asalta a los distraídos y a las distraídas. Cuesta mucho, todo cuesta demasiado. Los descuentos nos imprimen una razón que no tiene ser. Lo irreal le toca el costado, que sangra. No gana para sustos. Ella tampoco. Se viste con un perfume de vainilla que descubre las aventuras vecinas. No enumeramos las estaciones de penitencia. No hay ahorro, y para ella menos. Los cambios conducen por doquier con prisas y anulaciones. Hay sed, mucha inconsciencia. Se distrae. Todo indicio apunta a un error, a un inmenso error que devora los problemas para generar muchos más. Corre durante un instante tan efímero como inacabable. Garantiza sus emociones con rastros imposibles de poder. Está eliminada del mundo que cuenta. No es protagonista. La suerte está echada. Matiza y no sale al encuentro. Se auto-invita, y no es. Tiene hambre, sobre todo hambre de justicia, y nadie se la ofrece. Los demás vemos la jugada, y hasta el partido, y no hacemos nada. También somos culpables de ello.

A favor de la civilización

Jamás he pretendido adoctrinar o hacer proselitismo. Mi moral es más sencilla que todo eso: creo que uno debe hacer lo que debe, siempre que no se meta en la libertad de los demás conforme a unos cánones de justicia. Sé que expresar esto y nada puede ser lo mismo. Hay sentimientos e ideales que no consisten en su manifestación, sino más bien en su entendimiento con el paso del tiempo. Las sentencias y los valores éticos, recordemos, dependen del contexto social y, a menudo, de la época en la que nos hallemos. Todo es relativo, que decían los griegos. Tengamos en cuenta que las discriminaciones empeñan nuestras vidas, porque nos acaban atando, entre otras cosas. Quede, pues, bien patente que abomino la pasión y los entusiasmos que imponen algunos ideales arbitrarios y necios. El espectáculo que ofrecen algunas posturas inquebrantables nos lleva a preguntarnos por la Humanidad que supuestamente tenemos. Estoy con Javier Reverte cuando señala que “no hay mejor forma de dar sentido a la vida que la alegría”. Lo que sucede es que ésta se hace de rogar. No es fácil dar con ella, y mucho más difícil es practicarla en estos tiempos de perdición y de contumacia. Los esquemas y las asignaturas que hemos aprendido tienen una complicada aplicación en el día a día. Las pruebas de laboratorio casi nunca valen fuera de él. Con meridiana claridad y con el positivismo que no siempre poseo, me veo en la obligación de reconocer que no brindo un carácter formativo y diferenciador tan sólido como para vender hondas creencias, conocimientos o enseñanzas alternativas. Las tentaciones en la funesta trama son ingentes. El tejido se corrompe y apenas mitigamos los intereses creados tras puñaladas traperas. El compromiso se funde con el pánico, y nos aborregamos entre privilegios del pasado y jerarquías siniestras y prefabricadas. Lo fundamental es que vayamos tras la educación, favoreciendo unas bases civilizadas de convivencia, practicando el rechazo a cualquier pena y siguiendo los dictados de los Derechos considerados esenciales. Apliquemos, por favor, todos los días, y con mayor intensidad, términos como Amor, Amistad, Fraternidad, Entrega, Igualdad y Libertad.

Hasta siempre

Procuro olvidarte, no verte, no sentirte, no soñarte. En serio que lo intento, pero fracaso al menor descuido. No me vale para nada la ciencia que he ido acumulando a lo largo de los años. El orgullo de antaño se ha mofado de mí, y me quedo perplejo y como un témpano en la orilla de un mar embravecido. Te comía, en tiempos, por los ojos. Te olía, te oía, me deleitaba con tu armonía, con tu destreza, y te saboreaba como un suculento plato que estremece con sus aromas. Te probaba, como tú a mí, como se saborea el buen vino; y, posteriormente, me deleitaba con tus formas. Es fácil contentar el paladar con algo tan magnífico como tú. Ahora las lágrimas resbalan por mi cara. Has alejado la sorprendente combinación que éramos ambos los dos, y padezco en adelante el saqueo de los meses en que todo tuvo un sentido perfecto. Eras mi opción, y me has dejado sin alternativa, paseándome en un puro trance que duerme la marea de los demonios. Repaso las situaciones curiosas que vivimos y converso con mi “ego” maltrecho. No me concentro. Me he fallado. Destruyo todo lo que tuvo un sesgo prometedor, porque, al vislumbrar ciertos signos, me agobio y me abomino. No he sido capaz de conservarte a mi lado. Dicen los viejos del lugar, de cualquier lugar, que se valoran las cosas que se marchan, que se esfuman, que se van de nuestro lado. Es cierto, trágicamente una gran verdad. Busco un nuevo horizonte, un fondo con itinerario físico e intelectual. No me reconozco con esta crítica atroz que me devora. La buena sonrisa ha muerto, y vive en mí un azogue acompañado de destierro. No doy riendas al reposo, al entretenimiento, y experimento dentro de mi ser la mayor de las imposturas o falsificaciones. Me he instalado en el fango de tu ausencia, y no saldré triunfante de toda esta ironía. La esencia de antaño me limita y escarba en las impurezas que se han liberado. Yo, y no tú, he sido la causa de una metamorfosis que me estruja y me representa con un suspenso. Dibujo el sol en la noche, y me confieso. Sufro en estos terrenos cercanos a tu amor, que se ha liberado de mí, y, sin embargo, me arrastra hasta la cárcel. Sé que no es usual esta reflexión, porque, además, sé que no nos acerca a parte alguna, pero te digo que maldigo nuestra insolencia, nuestros desencuentros, provocados a partes iguales, y te juro que en adelante el camino estará mucho más trillado. Hasta siempre.

Ilusión

Ilusión: bendita palabra. Hoy creo en ella, preciso hacerlo, lo hago. Durante unos instantes no voy a renunciar a la esperanza, a la posición de ventaja, que, cuando queremos, la tenemos de manera indudable. Amo, estimo sin rodeos, en esta jornada sí. No voy a permitir durante este trueque dorado que nada se transforme en algo negativo. No voy a tolerar ni la indiferencia. Hay que disfrutar en silencio, moviéndonos, hablando, como sea menester. El día es magnífico. El sol de la infancia de Machado, con el cielo azul incluido, me ha permitido crecer como la levadura en la Nochebuena. Soy creyente, sí, por el tiempo que sea, pero sí, y miro al ser humano como la mayor bendición del gran Dios, que nos quiere de verdad. A veces, somos nosotros quienes no le vemos a él. No siempre entendemos a través de la razón, pues ésta no es sabia en cualquier contexto. Afirma Paulo Coelho, en “El Alquimista”, que, cuando nos proponemos de verdad algo, “toda la Naturaleza se alía con nosotros para hacerlo realidad”. Así lo pienso yo también. Ésta es, precisamente, la postura que en justicia estoy tomando, sobre todo por mí, por los que conviven a mi lado, porque sí, vaya. Con esta determinación es más fácil respirar, pasear, mirar y observar de verdad, vivir en paz, y, ante todo, transmitir calma y dicha. Las complejidades vienen de otro lado, como sabemos, aunque no siempre reconozcamos. No solo se vive de emoción y de ilusión, evidentemente. Nadie duda de que hagan falta muchas cosas, muchos ingredientes, mucha salsa, un poco de azúcar y, a menudo, bastante sal. Es posible que el secreto para ser feliz consista básicamente en serlo, y basta. La suprema sapiencia se alcanza con una cercanía sencilla en las relaciones y con un trabajar desde la justicia, sin mirar lo que hace el de al lado. En muchas ocasiones, nuestros males vienen de la envidia y de las habladurías que, en principio, no nos deberían importar. Así ha de ser. Hoy es un hermoso día, y estoy dispuesto a que siga con esta catadura y, más que nada, a que no sea una excepción. Hoy vivo con mucha ilusión. Espero que vosotros también.

Dolor de cabeza

Hoy es el día. Me duele la cabeza. Me sucede periódicamente. No sé a menudo cuál es el motivo. Sé que pasa, que padezco, que sufro sin vivir en mí, cambiando la frase del poeta clásico. La vida, afirmaba un historiador italiano, es un ir y venir, un “cursus” y “recursus”. Todo es un círculo, y no siempre de amistades. La vanidad nos lleva a más vanidad, como la mala suerte a más mala suerte. Las lámparas se encienden para ensombrecernos y hacernos vivir un día un tanto pálido. No mejoro. Sé que es una cuestión de tiempo, de esperar el milagro de la mejoría que acompaña al paso del tiempo. De nuevo, me cuento, es el día, un día gris, que es mejor que pase rápido. Dibujo un deseo tan solo para entretenerme, y me subo al carro de las caricias virtuales. Sanaré solo, como siempre, aguardando, a veces con impaciencia, el cambio de tono y de clima. No estoy en forma, y lo sé, lo sé muy bien. Me suenan hasta los huesos, que hoy aguantan lo justo para no derrumbarse hasta la presencia del siguiente día, que ojalá sea más óptimo. Me quejo poco. Comprendo que las salidas de humor no me llevan a ninguna parte. Prefiero callar, callar todo lo que puedo. En definitiva, no conozco a nadie que haya solventado sus problemas con repetidas quejas y alaridos. Callo un poco más, y trato de saborear el silencio, que no resuelve mi existencia sin flores. Me duele la cabeza, infinitamente, como si todo girara sin sentido. Lo bondadoso se ha quebrado, y no tengo números para salir de momento. Me pregunto por esta situación reiterada. Me vuelvo a preguntar por qué no. Miro a mi alrededor y veo a niños mutilados, a mujeres hambrientas, a analfabetos que no son capaces de disfrutar con mis autores favoritos, a madres sin hijos, a padres sin futuro, a la enfermedad campeando por los lugares más pobres, a la guerra con sus mutilados, a negaciones de la naturaleza, que experimenta la más execrable extinción… Claro que me tiene que doler la cabeza. Olvidaré unos instantes todo esto, y pensaré en mi persona amada. Fugazmente huiré de todo, y seguro que mañana estaré mejor.

Me voy

Voy, me voy, no sé dónde, pero lejos. Estoy harto. La prisa, de momento, se ha adueñado de mí, y me siento cansado, muy cansado, harto de esperar. La vida es, a veces, como una broma, como una broma pesada que nos lanza al vacío y nos enciende con el miedo en la puerta. No puede ser. El agobio es una sensación amarga, inconsistente, pesada, brumosa ella, y nos lleva como si todo fuera una locura cambiante cuando, en realidad, no es así, o no debería ser. El dolor me hace más y más daño, y sigo sabiendo que pronto todo se mudará hacia una parte un poco más halagüeña. No me siento bien. Las perturbaciones me conducen por una esfera que antes fue radiante y, en estos instantes, es maldita. No hablo con los que debería. Los consejos no aparecen, o lo hacen muy tarde. Los lamentos crecen, y de nada sirven, por otro lado. La existencia es una serie de pensamientos y de actividades que nos hacen aletear con miserias de todo género. No confío en una mejoría. Lo ideal sería un reciclaje. Las travesuras de los años mozos nos olvidan en un pasadizo de ligazones manchadas. Guardo silencio. Ya no me doy prisa. He divisado un nubarrón, y aguardo un milagro que no va a suceder. Vierto la poca historia que queda, que es mucha, o, al menos, más de la que puedo soportar. Bendigo las posturas de unos y de otros, y agudizo un ingenio que mueve sus instrumentos con más poderes que confianzas. Tengo que irme, me repito una vez más, y atravieso las vías no escritas de un desierto que produce más y más monstruos. No soy yo mismo. La frustración y el grado de impotencia nos imprimen carácter, dureza, pero también nos hacen distantes de las posibles soluciones a los problemas, que siguen de un lado para otro. Me marcho casi ya, me vuelvo a decir, y me enfrento a los desastres de una ida y de una vuelta con el carrusel del trance incluido. Emprendo el camino, sigo, me encarrilo, y trato de huir a ninguna parte. Termina el día con esta propuesta, y mañana descansaré hasta que el nuevo agobio me diga de nuevo de irme, de irme muy lejos, dejando todo atrás. Pasará.

Sin honor

No hay honor en la victoria atropellada, en los gustos impuestos, en las ganancias a cualquier precio. Miro y me recreo con el punto de vista de los buenos, de los mejores, de los que dieron sus vidas por una causa común, que es poco corriente, por otro lado. No hay orgullo que podamos exponer cuando el suelo está lleno de asesinados. No podemos seguir adelante con una cruenta respuesta que dirige los ánimos y los buenos y los malos deseos. Que no me cuenten, por favor, que hay honor, que no hay nada. El luto viste nuestras vidas, que lucen el peor de los sonidos silenciosos. El negro se impone como una moda obligada que aleja los rastros, pocos, de alegría. Repaso lo ocurrido, y no me gusta nada de cuanto veo. Lamento los requiebros que protagonicé respecto de los malvados, que, una vez más, ganan mi partida, lo que podría haber sido el juego de todos. Nos arrollan con sus armas, con sus precisos instrumentos de poder, con sus balas, con sus tanques, con sus barcos, con sus modernos aviones, con sus chalecos y cascos antibalas, con sus destrezas, con sus músculos, con sus alimentos… Viven la victoria de antemano, porque ya parten con muchas bazas en las manos y en los bolsillos. El resultado está cantado. Por eso, no me creo nada de lo que dicen. Mienten más que hablan: se mienten incluso a ellos mismos, que viven el destrozo no sólo físico sino también moral. Nos rompen los huesos y las perspectivas de cambio. No hay más que mofa en la experiencia que cruza de un lado a otro. Me mancho los cabellos pecando de acción, y, fundamentalmente, de omisión. No hay tampoco honor en mí, que contribuyo como ciudadano de a pié con mi propia ignorancia, con mi desdén, con mi torpeza, con mi aceptación de un orden que es un caos, con todo lo que me digo y con todo lo que me callo. Yo también soy culpable, pero no un culpable de los últimos días, sino un culpable de meses y de años. No hay honor.

Terminó

Terminó. Era la imagen deseada del fin de un conflicto. Al menos, eso parece. Puede que no sea real. Caen las figuras, se rodean los monumentos, y el que ayer decía “hola” hoy se desayuna con un “adiós”. Somos así de cobardes. La esperanza se marchitó, y muchos muertos se quedan en la bruma de un océano sin nombres. No hay nada que contar. La incredulidad deja paso al agobio de la mala fortuna. Los pobres seguirán siendo pobres, quizá más que nunca. Sin embargo, piensan en lo contrario. “Allá ellos”, espetamos. Los mosquitos son los aliados que transmiten sus rancias infecciones. No concluye nada. Todo está por comenzar. La guerra es una voz, un efecto, una traición, una pérdida, un consentir que somos poco humanos, un fracaso de nuestro ancestral anhelo de libertad, de independencia, de fraternidad, de un mundo entre iguales… Los besos se han resfriado, y nosotros con ellos. Es lamentable. El ser humano que se precia de tal debe saber evitar el conflicto como norma de actuación. Luego vemos cientos, quizás miles, de ejemplos de que no es así. Comprendo que surjan desavenencias, que sea difícil entender al prójimo, que no demos con la práctica justa de las cosas, pero no entiendo que la violencia, la guerra, el desencuentro perpetuo y a perpetuidad deban ser las premisas de unas intervenciones que solo provocan lágrimas y gritos de dolor. Sí, ya parece que finalizó. Como le ocurre a Clint Eastwood en “Sin Perdón”, ahora surge la pregunta de qué hacer en adelante. Esperemos que no sea eso de cambiar todo para no cambiar nada, como en el “Gatopardo”. También se genera la inquietud por los que se han marchado, por los que han caído en combate, por los que han sido devorados por las balas en nombre de Dios, de un Presidente, de la Democracia, del Petróleo (otro dios), del fuego amigo, o del cabrón del vecino… Ya da igual a los efectos del “gran resultado”, el interés general, no especificado, que está por encima de todo, nos insistimos. Ya todo ha acabado: eso parece. Lo peor es que otros trances están por comenzar. La vida es una ida y millones de vueltas. La rueda está en marcha, y seguramente el mareo nos hará estallar. Mientras el destino se define por aquí y por allá, rezaré por los que no están, y, sobre todo, por los que seguimos aquí, en este infierno, acomodados, rotos.

Un momento para la escritura

No te voy a contar mi historia, no me la voy a contar. Hoy prefiero no decir nada. Se trata de escribir, de hacer fluir las palabras como si éstas volaran sobre el inmenso mar y a través del hermoso cielo que califica las bondades del Universo creado. No voy a repetir mis “tics”, mis ansias, mis filias, mis fobias, mis deseos condensados en impotencias. El juego, como decía la canción refiriéndose al espectáculo de la vida, debe continuar, y prosigue con sus cuitas y sus devaneos con más o menos fortuna. No, hoy no, hoy definitivamente no voy a mostrar esa cara de cansado ante los sucesos cotidianos, que indican una frustración galopante. No me contestaré a cientos de cuestiones que rodean mis actuaciones. En esta oportunidad únicamente escribo. Realizo un cierto paseo por mis meninges para recordar que existo valiéndome de una determinada reflexión, que es la que aquí plasmo. La sintonía no es válida, pero es. Alguien sugirió que la escritura en sus distintas modalidades, con independencia de la valía personal o profesional, es una especie de terapia. Uno no fija por escrito nada para que los demás lo lean (bueno, sí, pero hasta cierto punto), sino más bien para describir su corazón, para airear lo que siente, lo que padece, lo que no tiene, lo que va, lo que vuelve, lo que no traza una línea perfectamente definida y definitiva. No se trata de complejos: señalo más bien la existencia de una libertad interior que se rebela frente a lo establecido en términos tan poco bélicos que rescata lo más humano de nosotros mismos. La comunicación, explico yo a mis alumnos, es consustancial al “ser pensante”. Al igual que el signo lingüístico, existimos en relación con los demás, y precisamente para los otros. Por eso dice “El Quijote” que enfermó su protagonista: “de leer mucho y de dormir poco”, y, añado yo, de estar en una excesiva soledad. En fin, yo no me siento solo: mi pretensión era escribir, y, a estas alturas, creo que lo he conseguido. Os aprecio, amigos y amigas.

Tu mirada sobre mí

Siento tu mirada sobre mí. Puede que me acuses de algo. Voy últimamente muy deprisa de un lado para otro. El trabajo me puede, y, como decía el poeta italiano, cansa y distancia. Presumo que sigues ahí, que has permanecido a pesar de los pesares. Supongo que es porque me quieres, porque me aprecias de alguna manera. “Soy tu despensa”, recuerdo que me repetías, y creo positivamente que tenías razón, pero, al mismo tiempo, también pensé que una relación, sea del género que sea, no se puede basar en un abastecimiento egoísta. Yo amaba tanto tu entusiasmo que nunca pretendí ser un explotador de tu infinita energía. Fue mejor que me marchara, y, como hace tanto tiempo, estimo que estoy en condiciones de hablar de ello. En estas sociedades nuestras de empeño, de hipotecas y de futuros que no vamos a vivir, nos hemos convertido en vendedores de espacios inexistentes, de imágenes no reales, de un humo que indica certeramente que hemos quemado los enseres básicos. Nos hemos transformado con el discurrir de los años. Ya no somos los adolescentes que se conocieron entre travesura y travesura mientras estudiaban a los griegos clásicos. La espontaneidad ha dado paso a otra cosa, y la dulce timidez de las primeras citas se ha muerto para otorgar la mano a una actitud más dueña de sí misma, por no llamarla más beligerante. No entiendo de muchas cosas, no soy capaz, quizá por mis limitaciones, pero sí presumo que el cambio, aunque necesario, no ha sido para mejor. Hemos disuelto, si es que las tuvimos, algunas virtudes, que ahora duermen el sueño de los justos, y, en este trámite, en ese tránsito, a menudo echo de menos lo que fuimos, y, a la postre, a ti, querida amiga mía, que tanto y tanto me enseñaste. La vida es una cuestión de fortaleza, de abrumadora entereza, y uno de vez en cuando se “emborracha” y, cuando despierta, ya no es el que fue. Lo que es peor es que sabe que nada será como antes. Vaya. En ocasiones, me despierto y no es que vea monstruos. Siento más bien el peso de tu mirada y de nuestro distanciamiento. Es un poco un fracaso que puede que se mude de escenario.

Esfuerzo para nada

Me dice una amiga que cuando alguien le ha defraudado siempre se repite lo mismo: " No ha fallado él. He sido yo quien ha pensado que se trataba de un amigo, y me he equivocado, pero me he equivocado yo, y no la otra persona". Es una cuestión de perspectivas, claro. La vida está llena de buenos y de malos. No es fácil discernir entre ellos: hay tanta hipocresía, tanto cinismo, tanta historia revuelta que el detectar a unos de otros es una tarea harto complicada. La vida nos trae demasiadas frustraciones para seguir en este combate de miserias compartidas por anónimos fines. Pese a todo, tenemos que hacerlo. Los sabores de la vida se reparten entre azúcares y sales. Unas veces las cosas salen bien, y otras no tanto. Así es. Las relaciones humanas, aunque pudieran ser sencillas, se apoyan en palancas de conflicto, de pugnas, de incertidumbres, de proclamaciones discriminatorias y de objetivos no completos para todos. La suerte, la mala suerte, en forma de infortunio por tonterías, está más que caída, y así estamos. No pido grandes cosas, y prosigo con el insano interés de una mutación de ánimos. Sin energía no se llega a ninguna parte. La fuerza nos viene de los propios compañeros, de los amigos, de los conocidos, y, ante todo, de la familia, de esos incondicionales que nos quieren hasta rotos. Somos lo que somos: débiles, frágiles, inconsistentes, incoherentes, unos "tuercebotas" del quince. A menudo me siento cansado de que todo cueste tanto. Hay un tremendo trabajo en algunas relaciones complejas que luego, para colmo, no trasciende. El tormento y los obstáculos que imprimimos a las actuaciones más variopintas no son cuantificables. El odio, el egoísmo, la envidia, las inexplicables posturas de enfrentamiento, las pérdidas de tiempo sin razones aparentes y un sinfín de faltas a la lealtad, a la independencia y a la libertad de los otros nos conducen por vericuetos de sufrimiento y de ralentización que pasan su amarga factura. Todo cuesta mucho esfuerzo, y, además, con el transcurrir del tiempo vemos que esa faena es para nada. Así estamos.

Una maldición

Me duele la cabeza. La situación es insoportable, nos decimos, pero seguimos como si todo tuviera un sentido en un universo de compromisos alejados de la paz. Hay muchos cadáveres de cara al triunfo final. Se equivocan los profesionales del conflicto, y nos metemos en un lugar con mucho ruido. Hay precipitación, y, como consecuencia de ella, conmoción. Catherine Deneuve afirma que "hoy no me sentiría feliz de ser española". Puede que no, puede que tenga sus razones para ello, pero lo cierto es que, el nuestro, es un fracaso global. No entiendo que ningún ser humano se sienta dichoso con el estado de cosas que nos rodea. El concepto de mundo como "casa de todos" no admite escapatorias interesadas. El escenario es común, aunque lo veamos un "pelín" distante. La fuerza se ha convertido en el instrumento favorito de poder de los que más mandan, y así nos va. Hemos pasado por mucho mal y por tantos sitios que es difícil que pensemos que el mal es un hecho aislado, venga de donde venga. Hemos proyectado demasiadas imágenes estereotipadas, y ahora nos sentimos perseguidos por nuestro propio error. La culpa tiene pocos padres, se indica. El infierno del olvido nos colma de sensaciones de Academia. Intento renovar el aire, pero no puedo, no soy capaz. El frescor del amanecer ya viene intoxicado. La sociedad está descompuesta por plagas, epidemias y heridas de todo género. Las garras de la maldición nos tocan la fama y el dinero, y nos convierten en auténticas presas del suspiro y de la afición a la permanencia. Exigimos, más bien necesitamos, cambios, unas mejoras sustanciales en nuestras vidas, y nos planteamos el destierro del fanatismo que, parafraseando a Mario Vargas Llosa, nos aparta de la utopía. El odio cesa con el amor, leo en alguna parte, y es verdad, como todos sabemos. Nada está en su sitio. Crece el riesgo y nos alejamos de la cuna que es guerra en tiempos de mercado. Me encanta recordar mi niñez, por tranquilidad, por falta de trasiego, por ausencias de vanas verdades. La actualidad es una refriega diaria. La presencia nos golpea con vómitos monetarios que nos decantan hacia informes semestrales. Somos seres violados y violentados por una coyuntura siniestra. No damos respiro a nuestros cuerpos, y por eso señalo y reafirmo que me duele todo, hasta la cabeza. Es una maldición.

Ambigüedad

Me dicen gentes que me conocen y que, últimamente, me siguen en este punto de encuentro, en este mundo virtual, que peco de una cierta "ambigüedad", que no ofrezco un camino definido, que no digo exactamente dónde estoy, ni expreso con claridad meridiana lo que pienso. No sé en realidad si esto es así. Recuerdo que, cuando estaba en la Facultad de Ciencias de la Información, un profesor muy querido gustaba de llamarme "gallego" por esa afición mía a no "comprometerme" con líneas de pensamiento muy concretas. También me comparaba con José de Arimatea por mi deseo de permanecer siempre en un segundo plano. Ciertamente, no estimo que haya cambiado mucho desde entonces. Supongo que no creo que exista una verdad absoluta: todo es relativo, siempre y cuando no cometamos excesos en los planteamientos, en los desarrollos y en los desenlaces, que dirían los griegos, por lo menos los griegos clásicos. Además, huyo de las clasificaciones. Desde que naces, todo el mundo quiere saber si estás aquí o allí, si estás a favor o en contra de esto o de lo otro, si eres del Real Madrid, del Real Murcia o del Barcelona, si te manifiestas o si callas ante realidades más o menos absurdas, si vas o vienes ante los pronósticos o afirmaciones de algunas cosas... Tratan de encasillarte, de ver si te encuentras con una alianza u otra, si actúas en solitario o en coalición, si tienes fuerza o si te vales del silencio. No sé si tiene que ver todo ello con el pavor que experimenta la mayoría a la libertad, sobre todo a la libertad de pensamiento, ya sea en el ámbito propio o en el ajeno o en el colectivo. La Constitución española consagra la inocencia de todos ante cualquier acusación, así como la posibilidad del libre pensamiento, la libertad de expresión y un buen número de libertades que, si ahora las enumeráramos, pensaríamos que hablamos de entelequias o bien de utopías. Uno no tiene que defenderse de nada, uno no tiene que alinearse con nadie, aunque debe formar parte y sentirse parte de un todo (la "Humanidad"). La persona, el ser pensante, está por encima de formalismos, de pensamientos únicos o de ideas que son víctimas de tendencias que tocan el oligopolio. No parece que lo entendamos así. Por eso nos preocupa si uno es de derechas o de izquierdas, o de centro, o de un color, o de mil, o si es macho, o hembra, o todo lo contrario, o si ejerce de marinero, o de campesino, o de patrono, o de empresario, o si es sensible, o guerrero, o lo que sea... Lo que nos debería preocupar es saber si una persona es educada, si es respetuosa, si es querida, si es persona de verdad. Lo demás es secundario, aunque nos empeñemos en vivir de otro modo. En fin, que de nuevo, a lo mejor, no he dicho nada. Con un poco de suerte nos entenderemos.

Sombras

Adelantamos el reloj, y nos mentimos en torno al tiempo. Sí, sé que digo una "obviedad", como suele decir un "estirado" amigo mío, un conocido más bien. Nos planteamos el recorrido existencial conforme a parámetros de tiempo, y nos quedamos tan a gusto. Es como si quisiéramos agarrar lo que, por definición, no se puede tocar. En todo caso, podemos disfrutar o padecer el transcurso del tiempo, pero no somos capaces de moldearlo, ni de cambiarlo, ni de utilizarlo en favor nuestro y en detrimento de otros. Las cosas son como son: hay un destino, una meta, una reflexión, un tránsito a partir de un comienzo, unos obstáculos que superamos, unas gentes que conocemos, un amor que va y viene, unos trazos que no terminamos de rellenar... Es la vida, así, sin determinaciones, sin definiciones que nos permitan controlar todo. Intentamos que todo esté en su sitio, que nos encontremos a las personas deseadas a la hora conveniente cada día, que nos topemos con los resultados apetecidos en el instante preciso, que todo vaya sobre ruedas mientras vemos crecer y envejecer a los nuestros y a nosotros mismos. Sin embargo, la realidad altera el ritmo y se rebela contra el estado de cosas anhelado. Mientras soportamos esa fuerza, ese choque entre el sentir y el vivir, continúa la guerra, y nos desayunamos con otros 50 muertos en otro ataque a un mercado. Al tiempo, 12.000 soldados son enviados a un destino tan terrible como incierto. Entretanto, las sonrisas inocentes permanecen hospitalizadas con cicatrices e invitaciones al desastre. Si cambiamos el tercio y el lugar, un pirata aéreo secuestra un avión con 203 personas a bordo, y luego se lo toma con calma para que le aprese la policía. El desánimo se acelera cuando nos cuentan que hay homicidios en más partes que tiene el mundo, y vivimos de homenajes y de premios como si no ocurriera nada para preocuparnos. Invertimos en locura y en riesgos, y nos asaltan dudas cada día que amanece. Las energías alternativas son dejadas en un segundo plano y nos avergonzamos destruyendo el medio ambiente, que ya no es ni medio ni nada. Los malos tratos también cosechan más destrucción y más muerte, y tengo miedo, mucho miedo con esta falta de formación que nos rodea. Nos tapamos la cara, la cabeza, el cuerpo, y nos cubrimos ante la ignominia que hemos generado. Es un largo momento sombrío para el mundo, y, lo que es peor, el mundo no reacciona. Vendemos hambre, destrucción, enfermedades, in-solidaridad, gritos, y nos faltan regalos, sabores a fresa, música, sonrisas de niños... Puede que esto dé una vuelta, y se nos aparten las sombras. Ya veremos.

Quiero estar junto a ti

Eres un enciclopedia. Tienes un sinfín de vocablos, de entradas, de opciones. Las super-preguntas son tu especialidad. Eres un magnífico profesor. Sacas de dudas a todo el mundo. Me siento feliz de tenerte cerca, sí, con seguridad, pero también estoy convencido de la necesidad de un cambio espiritual. Precisas un tiempo de reflexión. Has perdido la cabeza respecto de las cosas que merecen la pena. No eres joven, aunque lo seas de edad. La cosa se ha puesto muy mala, fatal. Decía Shakespeare que "no es suficiente la sabiduría para ser sabio", y tú eres un ejemplo de ello. Como afirma un amigo mío, "eres lo más grande del mundo", pero no es lo básico a la hora de la verdad. Los días se hacen largos a tu lado, porque no ofertas bondad, cariño, entrega, base, fortaleza... Sólo buscas el dinero, y has dejado atrás la sinceridad que te caracterizaba. Has ganado galones, pero has perdido el ideal de antaño, de tus gentes, de tu entorno, de tu familia y de tus raíces. Has evolucionado hacia el lado contrario. Tiene "guasa". No esperábamos esto de ti. Lo clásico se ha quedado sin flor, y nos hemos colocado como un "menos cero". Conoces y aprendes a marchas forzadas, mas no utilizas esa capacidad para los demás, para tus "hermanos" que tanto te quieren. El egoísmo se ha impuesto, ha ganado todas las partidas, y los comentarios nos conducen por culpas con desganas. Has hecho desaparecer "ese gran encanto" de siempre. Eres listo, inteligente, un portento, único por tu preparación, casi perfecto, pero te has transformado en un ser mecánico con pausa para inserto de monedas. La superficialidad se ha apoderado de tu figura, y me siento triste porque te quiero. Pido todos los días por una salvación, por un nuevo encuentro, por un espíritu renovado. Es cuestión de intentarlo, de empezar, de arrastrar el carro. La Tora habla de un número limitado de almas. Por eso me interesa tanto la tuya. Me esforzaré por ese cambio, porque merece la pena para ti y para mí. Dentro de ti hay amor. Lo sé. Te llevo dentro. Quiero estar junto a ti.

A la espera de un milagro

No quiero olvidar. Las posibilidades manifiestas nos arrullan a la orilla de un lago que se convierte en Estigio. Grito. El vacío se adueña de casi todo. Huimos. Damos las gracias por unos aplausos que nos vienen bien, aunque no sean auténticos. La liga sigue su curso especial. No hay nadie que nos eche una mano. Acompañamos a los amigos en una especie de escolta que nos oculta la razón. Lo conveniente nos hace asomarnos a donde no queremos. Fumamos mientras esperamos. No sacamos partido. Nos quedamos con elementos extraños que nos imponen unas razones que agotan. Apretamos los dientes. Las demostraciones de habilidad nos quitan el fundamento de una existencia venida a menos. Nos rompen la moral y nos quedamos sin experimentos que desafíen las razones ciertas. No molesto. Llevo en el bolsillo el resultado de una disputa. No lo intento más. Hago esto y lo otro, y predico sin ejemplos. Ultimo la victoria con una bebida que mezcla los sentimientos con los deseos reales y ciertos. Nos pican con asuntos turbios. Mostramos las cartas marcadas y nos llevamos la música a otra parte con propuestas difíciles. No tenemos recursos. Las varas blancas nos repasan los teléfonos con imposiciones de sensación cierta. No vencemos, ni perdemos, ni decimos lo que vale este desastre de situación. No podemos regalar lo que no guardamos. Conocemos. Los segundos pasan como si fueran minutos, y éstos como si fueran horas, y éstas como días funestos que nos gustaría olvidar. Las sensaciones son diversas, complejas, en pura colección, y la cara nos inserta en medallones que refieren el poder perdido de antemano. La evolución es para atrás, pero podría ser de otro modo. Aguardamos un milagro.

Sin porvenir

La Guerra ya es un hecho, es el único hecho. Es el triunfo de las armas, y la caída definitiva de la razón. Los bombardeos selectivos nos eliminan el alma cada día, y no hay ofensiva posible en nombre de la Verdad. Suenan los tambores, y la carrera contra el reloj despega y nos siembra de ojos incrédulos y de desesperanza. Estamos derrotados de antemano. Los vándalos nos ganan la partida. Las amenazas se hacen realidad. Las horas contadas siguen con gozos y más sombras. La competencia nos equipa con tanques, con aviones, con un imponente arsenal. No hay valor, sino enemigos. Desafiamos la paz, y las normas caen en desuso. Las alarmas antiaéreas nos convierten en una ingente base militar. Los artífices de la invasión no temen el final, que es temeroso en esta batalla que es madre y padre y abuela y abuelo de todas las batallas. Se reproducen los beneficios frustrantes. No estamos preparados, pero simulamos que sí. Imitamos los negros proyectos, y ahora los hacemos realidad. Los gendarmes estiran sus instrumentos de muerte por bastiones malditos. Las relaciones de poder proporcionan armas de destrucción masiva. Lo cierto nos invalida. Los terroristas nos conducen por lugares sombríos. Las estafas ganan la partida. La decisión es errónea, como sabíamos, pero en estos momentos decidimos callar. Es otra barbaridad. Los actos salvajes no deben permanecer impunes, pero parece que así va a ser. Las cuestiones pendientes seguirán después de muchos muertos, de atropellados por un silencio tomado desde cualquier posición. La "noche" es la aliada de la falta de planificación hacia el futuro. Nos alcanzan con sus intenciones, y no sobrevivimos. Prometen morir, y mueren, sin duda, y no poco a poco. Los escenarios de protesta no sirven, y, mientras actúan los órganos policiales, el porvenir se asemeja a cualquier cosa menos eso. Lamentable.

La Guerra y el Dolor

Bajo banderas de humo que ocultan a los poetas presos, surgen banderas blancas, banderas que piden perdón, que claman por una segunda oportunidad. La nostalgia de la infancia feliz nos ampara durante segundos, y en esos segundos se disparan los recuerdos, esos recuerdos de un mundo que no volverá, que no volverá a ser lo que fue, lo que fue para mí. El humo lo oculta todo, incluso a las tropas que disparan, y somos más esclavos en la locura de esta sociedad llamada democrática. Hemos fallado. El verso se rebela, me empapa, y entramos en misterio, como diría José Hierro. Andamos despistados. Perdonen, nos decimos, por un aprendizaje malo y tardío. Nos imbuyen de un ardor guerrero que deja las tripas en cualquier fosa común. Me espanta lo que veo, y muero en cinco minutos, sin poder soportar la visión. Me libro como puedo. Reclamamos la Paz de una manera angustiosa y tajante, pero el Diablo sin maneras, sin figura, sin talante, prosigue sus pasos. Es sorprendentemente trágico. Invocamos al Dios de Abraham, y todos nos equivocamos. Lloraría nuestro Padre si nos viera, y probablemente nos ve, y seguramente llora. La miseria del Ser Humano ha dado hoy un nuevo acuse de recibo, una nueva vuelta de tuerca. Amo a mi prójimo, a mi próximo, a mi vecino, por encima de todas las cosas. La persona es la mayor experiencia, el mejor alucinógeno, la droga perfecta, la aventura sin límites, la sensación más increíble... Frente a ello, como contrincante envenenado, tenemos el "fundamentalismo". No poseemos conciencia y disparamos a matar, y matamos, lamentablemente. El Derecho de los Pueblos cae entre invocaciones a espíritus de todo tipo. No puede ser. Mientras unos pocos demuestran quién manda aquí, miles, quizá millones de refugiados, comienzan una vida aún más incierta. No adivinamos el horizonte ni consolidamos ninguna estructura salvadora. El "factor injusto" nos deja maniatados, y perdemos la ventaja con mucha impaciencia. Crece, entretanto, la euforia en los mercados financieros, y las calles se llenan de velas y de peticiones de un alto a la guerra. No hay coherencia, sino más bien dramatismo. Somos cómplices de un destino universal sin futuro, y ojalá el Gran Dios esté de parte de todos, de todas las partes. De lo contrario, no habrá final. Hemos perdido la tranquilidad, y ya parece que hay menos motivos para celebrar la llegada de la Primavera. Los Cristos crucificados tienen más razón para el sufrimiento, y las grandes y hermosas Vírgenes de la Angustia, de la Amargura, del Consuelo, de los Dolores padecen con más motivos, los que les estamos dando con esta Guerra.

Miedo

Devoramos luego. Entretanto, oímos los gritos de los temerosos que se acercaron comidos por la curiosidad. Pasamos el camino del agua. Los pequeños se enfrentan a un día crucial. Nos iniciamos con eficientes pruebas que quiebran la cabeza. No vamos, ni volvemos, ni decimos que es posible. El verde nos reserva las fuerzas. Somos animales nerviosos, de comportamiento desconfiado. La misión nos lleva hasta el final, y el final es nada. Volamos. Las lecturas nos implican en reparaciones con resinas internas. Nos introducimos en objetivos de caza que no demuestran la sagacidad. La puntería es "justita", pero injusta. Nos colocan una diadema que nos sirve de siniestra corona. No demostramos ser los mejores, aunque seamos la envidia de compañeros caídos en el combate no comprensible. Durante las ceremonias nos adornamos con organizaciones no funcionales. Acechan, mientras mantenemos el "statu" , o lo intentamos. Volvemos con hambre callada. Sufrimos en la danza. Competimos en apariencias, y apenas tocamos el Sol soñado, que tanto quisimos comprar con dineros de otros. Acaba la celebración conjunta. No aguantamos. Miran desde la distancia, y no los vemos. Los grandes atractivos nos alejan de la verdad, de la postura correcta. Las horas siguen con su aspecto determinante, y nos quemamos las manos con implicaciones diversas. Pasan los días, y las noches, y los parques quedan solos. Las especies se diferencian por rasgos, y no por esencias; y nos dejamos incluir en lugares atrasados que imponen la trayectoria de los otros, que son menores. Extienden las robustas figuras con extraños fines. No compartimos los territorios. Nos distinguimos con repliegues que ladean la vereda sincera. No estamos, no estamos bien, pero lo disimulamos. Poblamos los lugares más lejanos y nos tragamos unas morales que recorren los puntos más fuertes del porvenir cruel. Nos usan, y abusan de gestos imponderables. Lo común nos divierte, pero nos detenemos con millares de excusas. No hablamos. Nos retratan con claves que estiman y subestiman. No hay círculo, y nos alejamos de lo convencional. Nos retrasamos. Vamos y venimos, y apenas decimos lo que pensamos. Las prisas son malas consejeras, y las mentiras también. No acertamos, y, cuando meditamos acerca de nuestro comportamiento, nos da miedo, mucho miedo. Nos invade el pavor.

El uso del coche

Me desayuno, esta mañana, entre sones de querencias increíbles y con toques de guerra. La solidaridad del mundo y el "no" a este conflicto desbordado crecen día a día. Las sociedades, cada vez más cultas, más sensibles a los problemas de los más pobres, no desean soluciones sangrientas, sabiendo, como saben, que puede haber otras opciones. Sin embargo, no todo en el aire es solidaridad. Leo en estos albores del día que Murcia es la tercera Comunidad española donde más se utiliza el coche particular. Tan sólo tendríamos por delante, en este caso, y quizá en otros, a Canarias y Galicia. Hay quien dice que es un asunto, quizá un problema, de costumbres. Nos gusta meternos en nuestro castillo, que es el vehículo en cuestión, y tiramos para donde sea, y luego, encima, a buscar un aparcamiento, que ésa es otra... No importa que las estadísticas del Ministerio de Fomento digan que el 60 por ciento de los murcianos tenemos muy a mano un transporte público para poder utilizarlo. Aunque se diga lo contrario, los ciudadanos no argumentamos un coste económico, ni tampoco creo que pensemos tanto en la comodidad. Se trata de un hábito, de un hábito que hace a un monje que defiende la intimidad de su transporte diario a capa y espada. Es verdad que no se buscan, desde las Administraciones, alternativas, aparcamientos disuasorios, lo que sea, pero no es menos cierto que nos hemos acostumbrado a salir de casa en coche e intentar llegar en él hasta la puerta del trabajo o el comercio favorito. Es de locos, puesto que no hay sitio para tanta gente, mas seguimos en la misma tesitura y con la misma actitud. Eso de subir al coche, al coche propio, es todo un ritual. Tenemos dentro de él, al menos en teoría, un ambiente propicio para estar a gusto. Llevamos música, nuestros papeles, un sinfín de cosas que no sirven para nada, el "muñequito" de aquella novia que tantas noches nos marcó, la Virgen de la Fuensanta, que sabe más de nosotros que nosotros mismos, ese parasol que nunca utilizamos, esas herramientas que nos miran mientras las miramos, esos paquetes de pañuelos que nos llenan cualquier rincón, esos bolígrafos que no funcionan jamás por falta de uso, esa documentación que no puede estar más desordenada, esos cassettes o CD´s que nos distraen en los viajes más largos, esos recuerdos robados al destino... Dentro de nuestro vehículo a motor nos sentimos como más importantes, como dueños del presente y del futuro, como un poco más libres. Seguramente lo somos, pero no administramos siempre bien esa libertad, ya que a menudo viajamos a más velocidad de la permitida, gritamos al de al lado, aceleramos para contaminar más, hablamos con el móvil, poniendo en riesgo nuestra conducción, nuestras vidas y las de los demás. De vez en cuando acechamos para ganar al coche más próximo en una carrera semi-suicida que no lleva a parte alguna, ya que tenemos que parar en el siguiente semáforo. Además, está la locura de las motos, de sus conductores, de esas "pasadas" por donde menos te lo esperas y a velocidades de vértigo. Lo peor son los cruces, los atascos provocados, y un interminable número de ejemplos que nos ponen la carne de gallina y las pulsaciones a cien; y, total, para nada. Pienso que todo podría ser un poco diverso con algo de educación, de respeto y de ponerse en el lugar del otro. A mí, que no tengo ni miedo al avión, ni al tren, ni al barco, por cambiar la famosa canción, manifiesto que me encanta el coche y el conducirlo. No obstante, deberíamos pensar en buscar fórmulas para utilizarlo lo justo, en aras de una mejor convivencia, de un poco de menos estrés y de un ahorro energético importante, como importante es que contaminemos menos. ¡Que ustedes conduzcan bien!

Ejemplos contradictorios

Leo que la cantante y directora de la Academia de "Operación Triunfo", la famosa y afamada Nina, se presenta por CiU en las próximas elecciones municipales: lo hará en Lloret de Mar, la población, dicen, de la que es originaria su familia. La vinculación no sé si es profunda, aunque me da igual. En todo caso, es relevante esta "apuesta", sobre todo si tenemos en cuenta (lo digo desde la perspectiva de la Coalición) el fuerte tirón que ha tenido el programa en cuestión. Lo cierto es que no me alarman este tipo de noticias, pero sí me dejan un tanto descolocado. Es la vida. Seguimos con famosos, con una particular "ronda", si se quiere. Don Johnson, que alcanzó una enorme popularidad en los años 80 con la serie "Corrupción en Miami" y con sus deslumbrantes trajes de marca, está siendo investigado en Alemania por un presunto lavado de dinero negro, según ha informado la Central de Aduanas de aquel país, que sería algo así como el Gran Hermano financiero para los "despistados". Parece que nuestro amigo intentó pasar la frontera en dirección a Suiza con documentos bancarios por valor de 8.000 millones de dólares, casi una cantidad equivalente en euros de los nuestros. Suponemos que no aprendió muy bien el oficio de los cacos. Menos mal que no todos los que viven en el "Olimpo" son de la misma calaña. Hay un ejemplo mejor parado. La cantante colombiana Shakira ha declarado que no ha olvidado a su nación, y ha anunciado que impulsará planes de ayuda a los niños desplazados por el conflicto armado. No sabemos si estas palabras se contextualizan, exclusivamente, en la gira que está llevando a cabo por distintos países del Continente iberoamericano y de todo el mundo para presentar su último trabajo discográfico: "El tour de la mangosta". La doble cara de esta vida se observa cuando miramos el rostro bonito de esta exitosa y el de la calamidad que puebla su Estado natal. Otros artistas se decantan por una visión más filosófica de la vida y analizan su entorno. Por ejemplo, el hasta ahora James Bond, sí el 007, insiste en que "hay demasiada basura esparcida en el cine". La verdad es que representa el prototipo de persona cercana a la problemática de los marginados, y no lo digo únicamente por como viste o por sus "maneras". La impronta de superficial que deja aquí y allá con sus comentarios y con sus fiestas de alta sociedad no dan lugar a dudas. Olvidan estas gentes que hay muchos días en el año para expresar ciertas cosas. De nada sirven algunos comentarios sesgados en los estrenos de películas. Podríamos enumerar más y más ejemplos de este calado. El diagnóstico sería el mismo: estamos "entontecidos" con las dimensiones cotidianas a las que estamos llegando. Abruman los modelos de la altivez y de la torpeza. La responsabilidad, a veces, parece una sombra, y tenemos miedo de salirnos del tiesto. Así están las cosas mientras esperamos una gran pugna, de la que muchos, gustosos como se hallan de ella, no volverán. Tenemos poca conciencia en este sitio de excesos sin condiciones. Es como para volverse loco o incrédulo. Al final va a ser normal que seamos pobres criaturas que merecidamente pasemos por este mundo con escasas dosis de felicidad. No quiero continuar con más ejemplos contradictorios.

Sin capacidad

Perdemos la perspectiva, y la ilusión, y las ganas, y el pundonor para seguir como sea, y no quiero decir a cualquier precio. Nos quemamos la sangre, la piel y la ropa, y no precisamente por ese orden. Combatimos por lo superfluo, y nos alejamos de la simpatía de los años más mozos. No nos explicamos el porqué de esta locura en la que andamos todos. Quedamos mal, y no importa, ya nada importa. Miramos los sombríos mundos, y hacemos de ellos un escenario repetido para "mal-estar" de todos. La apatía crece por doquier, y nos lamentamos de la carencia de valentía. No hay cambios, no los habrá, no los puede haber en este estado de la cuestión. Reímos. Ya habrá tiempo de llorar. La corrupción de todo tipo nos hace vivir un espectáculo que ya quisiera para su inventiva Charles Dickens o nuestro paisano Arturo Pérez-Reverte. Las puertas nos colocan al final de una travesía, y, para colmo, apretamos el botón para acelerar la mejora, que no llega. Las tuberías revientan, la casa se inunda, y no parecemos saber qué hacer para detener tanto descalabro. Respondemos al clamor con demandas sin soluciones, y nos aprestamos a descifrar imposiciones que nos arrastran más y más. Desaparecemos y nos reventamos con pensamientos que viajan a la velocidad de la luz en busca de posibilidades y de ejemplos que no valen, que ya no sirven. Los medios de comunicación dan cuenta de posiciones, de ideas, de lecciones magistrales que no se emplean ni en los laboratorios, y nos enfadamos cuando reconocemos entre amigos que alguien se equivoca al perder dinero en la bolsa y no recuperarlo para el más necesitado. Las llamadas no cesan, pero no para explicar los motivos de una "pasión" que toca más a los más pobres. Es lo de siempre. Estamos rodeados de navajeros y de macarras que se alzan con sus niveles de delincuencia. Quemamos el parangón, si existe, si existió, y nos emborrachamos de pensamientos acomplejados. Estamos cerca. Las noches de incoherencia, como los días, nos roban los principios, y nos reímos por falta de agallas para seguir adelante. Las razones humanitarias no son piedra de toque, y la situación es dramática. No vemos ni con los aparatos más sofisticados. Decimos que hay un "as" en la manga, pero no hay ni carta, ni manga, ni camisa. Nos amedrentamos, y así nos va. Insistimos en soluciones, mas no tenemos valor para reconocer que nos falta preparación y fuerza. Estamos sin contestación, sin capacidad de respuesta.

Un encuentro ideal

Puedo llegar a ti, y lo sé. Me siento feliz de hacerlo. Supongo que imaginé este mundo nuestro: quise ser tu base, tu energía, tu botella descorchada, pero la realidad supera la ficción más alta. Juntos somos otra cosa: hemos asumido el desarrollo sostenible, y nos sostenemos, y nos desarrollamos... Trabajamos al unísono por el futuro. Hemos reformado lo que había que mudar, y ahora entonamos un enorme "aleluya". Hemos apostado de manera acertada, y nos hemos convertido en auténticos millonarios con comida incluida. Estamos en el mismo barco, con la magia de fondo. Cantamos y soñamos, y nos despertamos con la novedad posible en cada mañana. No hemos esperado a heredar un azar positivo. Éste ha llegado, y con él la aportación de la dicha. Hemos descubierto lo sencillo de siempre. Nos gusta el sabor sano del encuentro cotidiano, y ahora, juntos, nos deleitamos más que nunca con la calidad de estas vidas fertilizadas. Hemos hecho el trabajo más importante, y ejercemos la tolerancia desde la paciencia. Confiamos el uno en el otro, y apreciamos a través de elogios la fe y la seguridad que nos regalamos cada jornada. Somos el plato más sano que podemos probar. Nos hemos dado fuerza, mucha fuerza, y llegamos con la limpieza de ánimo y con la aprobación frente a la vergüenza, la hostilidad y los ambientes ridículos. Estamos en forma, y precisamente por eso, porque estamos saludables de mente, no nos criticamos, ni nos condenamos, ni nos peleamos, ni nos sentimos culpables, aunque a veces metemos la pata. Podemos con todo: estamos unidos, al fin unidos, después de tanto aguardar y buscar, y somos la "fuerza de choque" perfecta, sin fuerza y sin choque alguno. No es necesaria la fricción para conseguir lo que defendemos. Vivimos y volvemos a vivir, porque hemos encontrado el amor en el mundo, que, sin duda, demostramos que existe. Disfrutamos del milagro, de una maravilla sencilla, grata, ideal. Llego a ti, y, simplemente, soy feliz, y lo digo... Me encanta este encuentro, y sus posibilidades.

Un suicidio

No deja de ser paradójico que hablemos de desarrollo y no sepamos dónde colocar cada año los 33.000 millones de toneladas de basura que lanzamos a la Tierra y/o a la atmósfera. Hablamos de civilización, y cada año se triplica el número de especies animales o florales que desaparecen para siempre, tras miles de años de historia. Rompemos el ritmo, el equilibrio y la armonía de la Naturaleza, porque somos inclementes con ella. Pensamos que podemos controlar lo que sucede, y no es así. Nosotros formamos parte de ese medio ambiente, y en él repercuten esos abusos, los nuestros. Somos vendedores de humo, consumidores en loca carrera hacia la destrucción y en manos de desalmados industriales que usan y abusan sin pudor alguno. Los dichosos poderes de las sociedades, unas y otras, asumen su impotencia y su ineficacia, y no son capaces de imponer el interés general, debido a su carácter cicatero, pusilánime y materialista. Desespera ver lo que acontece. Somos seres inteligentes y no se nos escapa la existencia de privación, de hambre, de marginación y de miseria. La carestía y la guerra campean por doquier y atenazan a cuatro quintas partes del mundo conocido. Es cierto que estamos en el lado bueno, en el del bienestar, en el del bien y buen vivir, en el del despilfarro de todo género, con una desproporción del gasto superior a lo que puede asimilar la Madre Natura. Millones de seres humanos sobreviven con lo mínimo, con lo puesto, con menos, o no sobreviven... No hay más que ver la inseguridad y la desesperación de la mayoría de los países del orbe. Las oligarquías económicas, sociales y políticas, o todas ellas a la vez, roban y esclavizan al resto de los conciudadanos. De vez en cuando ocurren inclemencias, terremotos, ciclones, huracanes, volcanes... Ante el dolor de las imágenes que recorren medio mundo, cabe que nos preguntemos por qué siempre sufren los más pobres, y, fundamentalmente, por qué padecen más que los ricos. El subdesarrollo es la consecuencia de un modelo económico y social que produce hambre, dolor y exclusión. Llamemos, por favor, a las cosas por su nombre. Nos estamos ahogando. Esta situación es insostenible. No es posible pensar en el futuro, si no estamos todos juntos. Es preciso arbitrar fórmulas para afrontar la calamidad de la injusticia. No olvidemos que no hay paz sin llegar a lo justo, sin que cada uno tenga lo suyo, en la proporción que sea, pero lo suyo, lo mínimo, lo esencial. Es suicida la actitud que mantenemos o que toleramos. La confianza en el ser humano ha de ser una premisa, un pilar básico. Asimismo, la fe ha de ir acompañada de gestos, de actuaciones, de determinaciones para seguir adelante con voluntad de cambio, y con el cambio también. Lo interesante, lo urgente y lo conveniente es sumar y no restar, es vivir y dejar vivir, es cohabitar con arrojo y devoción y con el deseo de superar los desastres y las catástrofes. La fuerza de los humanos viene de su inteligencia para vivir en comunidad. Si perdemos ese instinto, no seremos nada, no quedaremos; y todos los esfuerzos históricos habrán sido inútiles. Vamos camino del puro suicidio, pero siempre hay una posibilidad de salvarnos.

Un recorrido ofensivo

Actúo. Entro por una puerta y salgo por la otra. Me adjudican un juicio del que no estoy satisfecho. No entiendo, ni me hago entender. El grueso del día ha transcurrido con una detención sin ocasión cierta. Los avispados hacen una selección, y hace tiempo que me apartaron de ella. La democracia de la evidencia me ata de pies y manos. No hablo, no calculo, no apuesto, y me presento con un fracaso en el sistema. Las muecas ya no sirven. Las diferencias entre robos y hurtos se plantean como vías de escape. No hay suposiciones. Mencionan y evitan con "acaboses" que no regulan la culpabilidad. Los malos, los malditos, hacen de los delitos una profesión, un oficio de guante blanco. No cesamos en el caso no defendido. No nos ampara la Ley, y seguimos sin guardia ni asistencia. Hacemos una puntualización, y nos quedamos solos. Somos víctimas de engaños. Los colectivos profesionales son "apátridas" que acumulan violencias y gozos con sombras. No superamos los límites, y nos ponemos nerviosos con asistencias coléricas. Nos hacen vivir como ofendidos habituales. Nos escapamos del modelo de vida. Esto es un supermercado en la calle. Nos quitan lo básico, y nos preguntan como víctimas. Estamos despersonalizados. La potencia se trastoca, y no podemos afrontar las cosas. Es un drama. Pagamos la comida envenenada. Los errores se suceden. Nos acordamos lo justo. Los casos son puras eventualidades que colocan las notas en directas caídas. Las semanas nos ahogan. Nos abren las horas. No conocemos lo suficiente, no sabemos mucho. Nos siguen los pasos. Repartimos y quedamos sin nada de valor. Miramos, pero no entendemos. Nos obsesionamos, y vivimos en la impunidad. Es un recorrido ofensivo, y no decimos más... No encontramos el golpe de suerte. Me acuerdo.

EL DUELO

Salió de buena mañana. Sabía cuál era su destino. Fuera cual fuera el resultado, no saldría bien. No entendía cómo se había metido en este lío. Iba camino de la muerte: moría o mataba. No había otra salida. El rumbo era claro, pero su visión incierta. "¿No podía ser de otro modo?", se preguntaba. Parecía que no. Todo había comenzado casi como una broma, sin que nadie quisiera, como sin prever nada. Después de varios roces se había celebrado un combate dialéctico. Es de suponer, porque no recordaba con nitidez, que había sido duro. Con la tenacidad que se le conoce, seguramente se trató de una pugna entre pesos pesados, esto es, entre locos, entre dementes necios que no saben salir con altura de miras y con el grado de civilización que se nos supone. La lógica había muerto con precipitación, raudamente, y los contendientes no habían encontrado, quizá por falta de tiempo o de meditación, una solución satisfactoria para ambos lados. Es verdad, y eso está contrastado, que los aduladores de los dos bandos habían azuzado en vez de colocar alguna red o tabla salvadora. Luego pareció tarde para hallar un organismo, consejo o asociación que ayudara a mitigar o a reducir el nivel de litigio. Todo se había calentado demasiado. En mitad de todo ese rancio maremágnum se recuerdan enfrentamientos espectaculares con instrumentos de poder de todo tipo. Los principios habían perdido su peso, y no se miraba el calendario para otra cosa que no fuera para seguir "el cara a cara". La violencia nos había convertido en auténticos animales de presa. El cielo dibujaba líneas de desazón, y ratificábamos la legalidad con más errores. Así estaban las cosas en esa maldita mañana, cuando salió nuestro protagonista, presto a morir o a matar. Sea cual fuere el resultado, repetimos, el pesar volvería a su casa, ya bastante atragantada. "Alea iacta est": "la suerte estaba echada", echada a perder, como las vidas de estos dos payasos en manos de un destino cruel elegido desde la inconsciencia. Él, nuestro madrugador, no creía en la victoria sin guerra, mientras alguna empresa se lamentaba de perder, o de no ganar, 5.000 millones de euros, pero tampoco creía en la paz a cualquier precio. Para él, como dice el historiador Henry Kamen, el Imperio era una sociedad de gananciales, y ésta tendría que salir adelante como fuera. No había porvenir con este modelo, y en esto coincidían los dos. Era la crónica de una o de dos muertes anunciadas. El duelo estaba a punto de comenzar, y prefiero no contar el final...

Insomnio

Esta noche me cuesta trabajo dormir. No sé por qué, pero hay una cierta inquietud. No hay reposo, no es posible. Los malos entendidos del día se han extendido a la noche, y sobran más de siete pecados en este mundo contemporáneo nuestro que se arrebata con locuras y torpezas. Me digo que no sé lo que pasa, pero no estoy tranquilo. Mi conciencia viaja de un lugar a otro con equipamiento incluido y pocas ganas de descansar. Bueno: ganas sí, pero posibilidades de relajarme menos. No sé qué contar: repaso las buenas acciones de las últimas horas, y la apuesta se queda corta. Lamentable. También recuento las opciones de futuro, y aún me da más miedo, un terrible temor que no freno. Es muy tarde, tarde en demasiados sentidos. Sigue la maldita noche, y el reloj delata un paso lento y certero que me hace tocar fondo. Parece que voy a morir de agobio, pero sé que no será, que no será así. Ha pasado muchas veces, he pasado por esto en más oportunidades de las que puedo recordar. Me siento solo y triste, y es como todo, y es como si nada, y quizá no importa, o es posible que sí. Juego con el tiempo, y el tiempo me impide soñar. No hay beneficio en la treta que se hace uno mismo. Uno mira alrededor de lo oscuro y no observa absolutamente nada. No hay fianza, ni confianza, ni realización posible. Me intento llevar bien con mi entorno, con mis circunstancias, con la situación, que está poco definida. Voy de un lado a otro en el corto espacio de la cama, que sabe de mi falta de calma. No hay nada que hacer: me gustaría dormir tanto como un niño. Pruebo de todo, de todo lo natural, y sueño con mi Diosa. Hago un alto en mi desasosiego, y descanso hasta la mañana de ese mañana deseable. He resistido un envite, un fuerte golpe, y me he evadido. He invitado a mi Amor, que es siempre una receta saludable, pero sé bien que volverá la ausencia de sueño. Será cuestión de unos días. Los presentimientos continúan con sus movimientos. Nada ha cambiado. Los desmanes del mundo y la impotencia con la que me muevo me hacen sentirme desaforado, descolocado, sin calor suficiente para abundar en probabilidades. Aguanto la partida, y la soportaré en adelante con la presencia virtual o no de mi Musa, pero conozco el motivo de mi queja, y sé que no frenaré. Mi turno y mis ciclos equivocados nocturnos me seguirán abrumando de cuando en cuando. Es el dichoso insomnio. Yo me acuso de los males del mundo con la fe de un cambio: lo intentaré de nuevo una y otra vez. Espero que se apunte alguien más con voluntad de cambio.

CUENTOS: ¡MENUDOS CUENTOS!

Madre, te cuento, te cuento un cuento alucinante, causante de duro pavor. Las cifras son horrendas, se mire como se mire. Cada año, me dicen, mueren diez millones de niños en todo el mundo por causas evitables: por enfermedades que tienen cura posible, por hambre, por las guerras, por los malos tratos, por todo tipo de violencias, por dejadez... No me lo invento yo. Lo dice alguien que sabe mucho: el Presidente de Unicef en España, mi amigo Francisco. Y, claro, me quedo helado, perplejo, sin ánimo, como un tonto, como quizá lo que soy. No acierto a comprender lo que pasa y por qué sucede. Ya no sé si estoy de acuerdo con Charles Péguy, quien afirmaba: "La fe que más me gusta es la esperanza". Pero, ante esto, yo me pregunto: "¿hay esperanza, compañeros?". Este clima de pesadumbre interior y de desconsuelo provocado en mí por situaciones como ésta (hay más datos irrefutables de dolor, de guerra, de hastío, de apatía, de soledad, de desgracias puras y duras...) me abandona en un puro trastorno. ¿Qué será de nosotros? Sobre todo, ¿qué será de nosotros por no querer evitar este genocidio, esta locura tremendista y surrealista? El camino no es fácil, pero está níveo. Se divisa con nitidez. La paz y la justicia, también la justicia, es el camino. No hay otro. Sin embargo, parece tan difícil de emprender y de realizar cada día. Andamos tan "abobados" con nuestras cosas que no nos importan las de los demás, y luego caemos en la cuenta de que todos formamos parte del mismo "ente". Cuando ocurre una desgracia, una gran desgracia, ésta nos alcanza antes o después de manera inexorable. Es preciso descubrir, re-descubrir, fomentar la libertad, la fraternidad, la dignidad de todos y cada uno de los habitantes de este planeta nuestro. No hay excepciones, no debe haberlas. De lo contrario, mañana nosotros podremos ser una excepción. Hay que mudar la piel y el espíritu y cambiar de mentalidad y de acciones. Cuesta, indudablemente, mucho esfuerzo el mejorar hacia un talante más optimista y positivo, con lo que está cayendo. Confío con Salvador Pániker en que "la familia, el calor del hogar y todo eso vuelvan a cobrar su prestigio anterior". Con el tacto sosegado del clan, seguramente advertiremos un cambio y hasta su propia necesidad. Si Menéndez Pidal habló de sus "momentos históricos", aquí debemos subrayar la necesidad de otro momento, de una mudanza, sin río revuelto. No hace falta citar a Platón, ni a Aristóteles, ni a Descartes, ni a Spinoza, ni a ningún pensador, sea del género que fuere, para darnos cuenta del despropósito en el que vivimos. No hay futuro de este modo. Dicen las estadísticas que no habrá árboles dentro de cien años. Si las condiciones demográficas consisten en no tener niños en Occidente y en que mueran los del mal llamado Tercer Mundo, no nos quedarán chicuelos y chicuelas para que se nos acerquen, como diría el Evangelio. Sin medio ambiente y sin retoños no tiene sentido tanto trabajo y tanto desmán. Una locura, como digo. Y otro cuento: dicen que una pequeña bomba de mano explotó en una fabrica de un país cualquiera. Por efecto dominó, por empatía, por lo que sea, esta explosión hizo que todo el almacén ardiese. Como no se actuó deprisa, toda la factoría armamentista se fue al garete. En primera instancia, y sin mucha reflexión, el tal país interpretó que se trataba de un ataque de una nación vecina. Actuó inmediatamente y descargó todo su potencial en una especie de rechazo del supuesto ataque. El tal país vecino pidió ayuda a sus aliados, que también con un cierto "irraciocinio" intervinieron en el conflicto. La pugna se fue extendiendo a toda la zona y cada vez hubo más Estados en la lucha. Todos los bloques militares acabaron inmiscuidos en lo que fue una nueva Guerra Mundial. Como no era fácil ganar al opositor, o a los opositores, uno de los bandos recurrió a sus bombas nucleares, a lo cual fue indiscutiblemente respondido. Todo acabó, todo se destruyó. Sólo, nos dice el cuento, sobrevivieron dos personas, que habitaban en una lejana región de África. Se cuenta que el Gran Dios, al oír el último estruendo, miró hacia la Tierra para ver qué pasaba. Lloró, cuenta el futurible cronista, cuando vio a esas dos personas y exclamó: "Veo a la pareja que coloqué en mi planeta azul, pero ¿dónde está mi Paraíso?" Sí, ya sé que es un cuento con inquietudes, con mucha pena. El primero de este sombrío escrito es un cuento cierto, y se puede evitar. El segundo es un cuento que, como el lobo, puede venir. El final, aunque parezca difícil, está en nuestras manos.

UNA RADIOGRAFÍA PARA LA REFLEXIÓN

Leo en la prensa durante estos días que el 38 por ciento de los españoles considera, consideramos, que la población es, en general, poco tolerante. Hay incluso un 5 por ciento que opina que no nos entendemos en absoluto. El asunto de la comprensión, de la tolerancia, no es baladí, habida cuenta de que se trata del puro sostén de la democracia. La encuesta, realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas, manifiesta que el 60 por ciento de los ciudadanos creen que la sociedad española es bastante o muy conservadora. Los datos apuntan una realidad preocupante, avalados por el pensamiento mayoritario de que apenas algo más de la mitad de la población podría ser demócrata. Además se ve como algo "futurible" el que seremos mucho más racistas dentro de unos pocos años. La cuarta parte de los españoles así lo estima. Sigue la corriente de cifras en este estudio, que explica que el 39 por ciento de los españoles se declara bastante tolerante con la homosexualidad, mientras que un 37% confiesa no admitir de buen grado esta condición social. Habría un 9% que la rechaza totalmente, y sólo un 8% declara ser muy tolerante con estas personas. Por no aburrir mucho, señalemos sólo unos cuantos datos más: el 43 por ciento de los españoles se considera poco o nada tolerante con las costumbres de los extranjeros; el 47% piensa que dentro de unos años estaremos en los mismos niveles democráticos, sin más avances; y la coyuntura no es mucho mejor cuando nos referimos a temas como las drogas, el aborto o la vida en pareja. La falta de tolerancia en una sociedad no es únicamente un síntoma de carencia de comunicación, sino también una cara maligna de su propio envejecimiento, de un envejecimiento que no es físico, sino más bien intelectual, fruto de una atrofia absoluta. Los años pasan por nuestras vidas "aburguesadas", y pagamos el peaje sin darnos cuenta. Nos distanciamos de los problemas de los demás y permanecemos inmóviles ante las tragedias de los otros. Proseguimos nuestro rumbo sin más preocupación, y, cuando nos llega nuestro "golpe", que siempre llega, es tarde para actuar. Es cierto que la sociedad, sobre todo los más jóvenes, está reaccionando ante coyunturas actuales determinadas, pero los problemas reales no son sólo aquellos que aparecen en los medios de comunicación social. Hay más: hay mucha hambre, mucha peste, mucha guerra, mucha muerte, con millones de "jinetes del apocalipsis" por doquier. Frente a la locura colectiva, la envidia, la vanidad, los rancios deseos, la competencia desenfrenada, la maldición del dinero, hay que reaccionar. Quizá convendría apostar por las líneas de entendimiento, de convivencia, de escucha. Deberíamos atender las llamadas del corazón, buscando el secreto de una juventud más interior que otra cosa. No sólo hay que contemplar lo externo, aunque la visión que alberguen de nosotros tenga mucho que ver con nuestra propia actitud. En cierta ocasión, la artista Dolores del Río le preguntó a su amiga y compañera María Félix por el secreto de su buena apariencia física. "¿Qué haces para parecer tan joven?", le preguntó intrigada. Sin inmutarse, la diva mexicana le contestó: "Serlo". Pues eso: debemos ser jóvenes de espíritu y de ánimo, y engrasar los ejes de una sociedad que muestra demasiado "ruido" en encuestas como la que nos ocupa. Hagamos algo, y fundamentalmente conversemos con altura de miras y con la entrega manifiestamente rica de nuestro intelecto. De lo contrario, más que ocuparnos, tendremos motivos para la preocupación. Toleremos, por favor.

DESAPARECIDOS

Las cifras económicas son aplastantes. El llamado "Primer Mundo" impone su bota y su acero en pos de unas cuentas de resultados que no albergan dudas. Hay que ganar dinero, y lo demás no cuenta, al menos no cuenta mucho sobre el papel. Sí, es cierto, de vez en cuando se hacen declaraciones de apoyo, se otorgan algunas subvenciones, y se escriben estupendos y maravillosos manifiestos que no conducen a parte alguna. Ya lo sabemos. El mundo, en su cinismo, avanza sin tener en cuenta al más débil, que tiene que arreglárselas como puede, que no es mucho. El hambre se lleva por delante cada día a cientos de miles de niños, que, en el mejor de los casos, quedan tocados por la enfermedad y la discapacidad. Millones sufren una muerte en vida, repleta de carencias en cuanto a lo básico y con la referencia de una esperanza de cambio que no se produce. Nuestra economía depende de la suya, y, claro, pensamos que estamos muy bien como estamos. Si para nuestro bienestar tienen que soportar desnutrición y analfabetismo, en el mejor de los escenarios, pues nada, a padecer en este lago de penas que nos ha tocado, que les ha tocado a ellos un poco más. No hace mucho que escuché que con lo que gastamos en cremas, colonias y productos de maquillaje y de arreglos corporales en general se podría combatir la lacra del hambre en el mundo. Sí, es una cifra que no cambia las cosas, ni podría cambiarlas. Seguramente, este dinero no se destinaría a un mejor menester, en el caso de que pudiéramos prescindir de lo prescindible, pero lo cierto es que hay una profunda contradicción y un serio toque de llamada. Un amigo mío hablaba de los "transparentes", de los que no importan, de los que acaban antes de empezar la partida. A éstos no se les echa de menos cuando no están, y, a veces, hasta estorban en las estadísticas y en los planos de sus bellos países. Son los desaparecidos, en un doble sentido: no existen en vida, y, cuando se marchan de una manera más o menos belicosa o violenta, nadie pide cuentas en su nombre, y, si lo hace, arriesga su propia vida. Si esto que digo es mentira, podríamos preguntarnos dónde están los muertos de las guerras que hay en la actualidad, dónde los hambrientos de la India o del Sudán, dónde los torturados de las dictaduras asiáticas, africanas o hispanas, dónde los enfermos de los podridos barrios marginales, dónde los inmigrantes que no aparecen en los "papeles"... Podríamos añadir más cuestiones y referirnos a los asesinados en Kosovo o en repúblicas caciquiles sin interés económico alguno. Son ellos: hijos de "madres" que lloraron cuando vinieron al mundo, que lloraron de dolor, y también de alegría, por la tragedia que les rodeaba. Son los últimos de los que hablaban las bienaventuranzas, unos últimos que tienen que esperar al Paraíso para disfrutar con una cierta dignidad. Son ellos, que claman desde sus sombras y desde sus tumbas para que no solo recemos o postulemos mensajes. Es necesario pasar a la acción. Recordar cada día a los desaparecidos es una necesidad.

LO QUEREMOS TODO

La felicidad viene siempre de una actitud: se consigue cuando aceptamos que las cosas son como son, que tenemos lo que tenemos, que la vida sigue su curso, a pesar de nuestra visión personal. Eso no quita el esfuerzo por la mutación, por el cambio, por la búsqueda de lo positivo. Cumplido el intento, incluso cuando tiene que ser reiterado, no podemos torturarnos por aquello que vemos cada día, o que sufrimos... Es cierto que, a menudo, la suerte no viene de cara. La desgracia busca, de vez en cuando, nuestro nombre, y hasta se ceba con nosotros. Al menos, eso es lo que parece. Nunca pensamos que, puestos a elegir, si pudiéramos, hay males mayores, claro. La perfección no existe, ni siquiera por accidente. No obstante, en ocasiones, nos torturamos con el deseo de que se manifieste en nuestras vidas. El ser humano, que es ambicioso por naturaleza, no siempre calcula, no siempre calculamos, lo que nos conviene, lo que podría ser aceptablemente conveniente. No lo hacemos. Queremos más y más, y nos arruinamos el particular devenir con molestias sin un sentido níveo. Es lógico que nuestro ideal sea vivir como un sultán, como un rico adinerado al que le sobra de todo y que de todo tiene. Sin embargo, hasta esto último es imposible. La felicidad no es una cuestión de dinero, aunque el dinero ayude, evidentemente. El placer viene, inequívocamente, de sacar partido a lo que hacemos en cada momento. En ciertas oportunidades nos metemos en enredos, en dudas, en deseos, en partidas de dominó que no podemos ganar, fundamentalmente porque nos ponemos el listón más y más alto. Es una locura. En nuestro mundo competencial no pensamos que lo más importante es ser una buena persona: eso no tiene "peso", sobre todo no tiene peso económico. Los ideales de antaño, esa moralidad que ahora se confunde con religión, se han quedado atrás, y por ello no nos comprendemos ni entre padres e hijos. La perspectiva de lealtad se pierde en el ocaso de una fantasía que ni siquiera se relata en los cuentos. Afirmaba Quevedo que la mejor señal de que se es una buena persona es "ni tener ni deber". Algunos viven en esta contradicción, y, además, se quejan ante el psicólogo o el psiquiatra de que nadie les entiende, ni ellos mismos. La maldición de una conquista financiera trae más y más soledad, que es el mal endémico de nuestro tiempo. Los precios suben como locos, y las distancias entre el "bien-estar" y las posesiones nos invitan a una dinámica demente que nos atosiga sin que pensemos con claridad. No lo hacemos. Caemos en la cuenta, de uvas a peras, sobre este despropósito, y nos decimos que vamos a cambiar, pero no lo hacemos. En el fondo somos como niños: queremos más y más, y no cejamos en este empeño inútil. Manuel Kant nos invitaba a una mejora interna con su "atrévete a pensar por tu cuenta", pero no lo hacemos. Somos unos auténticos majaderos que, como en el Retablo de las Maravillas de Cervantes, decimos lo que conviene decir, aunque veamos otra cosa. Mi adorada Bonnie Tyler resalta que "no es tan importante ser siempre número uno", sobre todo, añado yo, porque el coste es muy elevado, demasiado. Nos cubrimos con sábanas de desconocimiento, de ignorancia atrevida, de modernidad mal entendida, y nos ponemos a desayunar un día y otro con la aceptación por montera. Parafraseando a Susan Sontag, es evidente que "tanto horror nos hace insensibles": insensibles con los demás, con los hermanos, con los compañeros, con los padres, con la amante... Queremos la plenitud de los tiempos en nuestro tiempo, y no entendemos que el devenir y su cosecha son siempre relativos, como apuntaba Einstein. Todos querríamos ser verdaderos maestros, pero lo mejor es reconocer que el zapatero se debe ocupar de sus zapatos. La sencillez y la pureza de las cosas son el mejor bastión para afrontar la vida ligero de equipaje, que diría el poeta. Lo malo es que la tentación, como en la película, vive arriba, o, quizá, en todas partes. La renuncia a la prisa y a la conquista para usar y tirar ha de figurar en el frontispicio de nuestras existencias. La frustración viene de mucho ansiar. Nuestra enfermedad procede de que lo queremos todo, y, frecuentemente, olvidamos que todo se queda aquí. Amemos.

VÍCTIMA DE UNA DEPRESIÓN

La vida es increíble, un paseo lleno experiencias en lo que sería, o podría ser, una enorme e inmensa aventura. Es todo un periplo colmado de situaciones y de anécdotas que nos llevan a la perplejidad, a la duda, y, a menudo, al cansancio puro y duro. Me explico con un ejemplo: leo en un periódico que la Reina de Inglaterra, Isabel II, se siente sola. Dice el rotativo que está triste y deprimida, que tiene miedo a morir y que ha perdido la confianza en sí misma. Con 76 años de edad a sus espaldas, sin duda se trata de un auténtico drama. Es evidente que cuando uno ve a la madre del "niño grande" con tanta fragilidad, con esa emoción a flor de piel, con esa agonía infernal, uno no puede evitar el sentir un poco de lástima. Cuando repasamos su patrimonio, una de las mayores fortunas del mundo, es como para sentir pena, pena de que no exista un cierto reparto de la riqueza en este planeta nuestro. Alguien pensará que estoy en contra de los ricos. Para el que tenga vacilaciones resaltaré que creo en el Capitalismo con moderación, con bienestar social por delante. Como decía Cantinflas, no es que yo quiera que no haya ricos, lo que deseo es que no haya pobres. No es lo mismo, ¿verdad? En el momento en que cualquiera hace cuentas, y ve que existen treinta guerras declaradas, amén de los numerosos conflictos más o menos latentes, y que millones de niños mueren de hambre, y que las enfermedades se extienden sin piedad a pesar de multitud de avances científicos, y que la desigualdad impera para el beneficio de unos pocos..., se advierte que la Reina mentada no puede estar más que desesperada por este valle de lágrimas que le ha tocado vivir... tan de cerca. Sí, supongo que, superadas las necesidades primarias, como afirman los psicólogos, tan bien superadas, tiene esta Reina que buscarse algún problema, y, claro, lo halla. Yo, sin embargo, leo la Prensa, y prefiero preocuparme por la salud del cantaor Antonio Cortés Pantoja, "Chiquetete", ingresado en la Unidad Coronaria del Servicio de Cardiología del Hospital Virgen Macarena de Sevilla. Tras un infarto, me reconforta conocer que se recupera satisfactoriamente. Asimismo, prefiero estar más pendiente del consumo de drogas en la escuela y del millón y medio de españoles que se ponen como una cuba consumiendo más alcohol del adecuado para sus cuerpos mortales. Es cierto, además de evidente, que no soy rey, y no sé lo que piensa un rey, y que no tengo referencias de problemas grandes en mi entorno y universo cercano, pero doy gracias a la Providencia cada día por lo poco o lo mucho que tengo, según se mire. Entre los enseres, elementos y cosas más valiosas se hallan unos cuantos amigos, que, unidos a mi familia, me hacen sentirme muy gozoso y afortunado. A lo mejor la Reina, la Gran Reina, no posee esto, y por eso está triste...

La paciencia, la hipocresía y los listos

"Españolito que vienes al mundo, que Dios te guarde": ésta era la frase, casi una información, más que nada una advertencia, sobre todo un puro hastío irremediable, que se repetía durante el siglo pasado en nuestro país, la España vertebrada o invertebrada, según quien la mirase. Ciertamente, nuestro carácter complejo, a menudo enrevesado, y, a veces, insolidario, nos hacía vivir enfrentamientos de toda índole, que, en ocasiones, derivaban en fiascos y guerras fratricidas. La cosa ha cambiado, al menos un tanto, y los más jóvenes se divierten de otro modo. Un buen ejemplo reciente de nuestra Juventud ha sido la apuesta de las ONG´s para hacer frente al desastre del Prestige. Como digo, algo modélico. Si observamos lo que sucede a nuestro alrededor, los desmanes y los despropósitos que ocurren por aquí y por allá, nos damos cuenta de la enorme locura en la que viajamos sin equipaje. No puede ser, y lo sabemos, y, a pesar de todo, continuamos, como si todo no tuviera fin, que lo tiene. Lo que señalo: es un devenir, el nuestro, de pura demencia. Hay oportunidades en que nos venden "motos" extrañas que ya sabemos desde el principio que no pueden ser, pero proseguimos la farsa como si todo fuera, nunca mejor dicho, "sobre ruedas". No es así, casi nunca es así. Nos engañamos a conciencia, ¡y de qué manera! La paciencia acaba siendo una virtud frente a unas posturas de cinismo absoluto. Alguien dice que va a hacer tal cosa, o que nos va a devolver tal otra, o que va a conseguir un determinado objetivo, o que nos va a ayudar -"esta vez de verdad"- a una transformación completa... Alguien promete y miente; alguien señala y mira sin ver; alguien nos subraya un imposible afirmando que es cuestión de tiempo, quizá para el día siguiente... Y nada, muchas veces nada. Lo peor es que días después, horas después incluso, te mira como si nada, como si hubiera descorchado una botella de vino malo, esperando tener más fortuna en la próxima ocasión. Aparte de la falta de civismo y de educación, esta situación es la base de una hipocresía que está haciendo enfermar a una sociedad cada vez más espesa y con menos criterio. Es de risa que nadie se queje, o que lo hagamos en voz baja. La paciencia que en toda suerte de ocasiones debemos derrochar es enorme, ingente, desbordante, porque cada día hemos de afrontar más y más "increencias". Nos reíamos de pequeños cuando nos contaban el cuento del rey desnudo que todo el mundo anunciaba vestido. La mentira y la memez en la que nos movemos en la actualidad dispara mucho más lejos. En mitad de tanta tontería se cuelan los listos, los "listillos" de tres al cuarto, que crecen y crecen ante el pasotismo de los demás. La gran desgracia de nuestra supuesta sociedad avanzada es que tiene que soportar a estos chupópteros sin escrúpulos que piensan una cosa, dicen que van a realizar otra bien distinta, y hacen otra que nada tiene que ver con las anteriores. Afirman que improvisan para no aludir a su caradura. Es tremendo, pero entre ellos va el juego, un juego en el que perdemos todos. Lamentable.

Quiero estar junto a ti

Eres un enciclopedia. Tienes un sinfín de vocablos, de entradas, de opciones. Las super-preguntas son tu especialidad. Eres un magnífico profesor. Sacas de dudas a todo el mundo. Me siento feliz de tenerte cerca, sí, con seguridad, pero también estoy convencido de la necesidad de un cambio espiritual. Precisas un tiempo de reflexión. Has perdido la cabeza respecto de las cosas que merecen la pena. No eres joven, aunque lo seas de edad. La cosa se ha puesto muy mala, fatal. Decía Shakespeare que "no es suficiente la sabiduría para ser sabio", y tú eres un ejemplo de ello. Como afirma un amigo mío, "eres lo más grande del mundo", pero no es lo básico a la hora de la verdad. Los días se hacen largos a tu lado, porque no ofertas bondad, cariño, entrega, base, fortaleza... Sólo buscas el dinero, y has dejado atrás la sinceridad que te caracterizaba. Has ganado galones, pero has perdido el ideal de antaño, de tus gentes, de tu entorno, de tu familia y de tus raíces. Has evolucionado hacia el lado contrario. Tiene "guasa". No esperábamos esto de ti. Lo clásico se ha quedado sin flor, y nos hemos colocado como un "menos cero". Conoces y aprendes a marchas forzadas, mas no utilizas esa capacidad para los demás, para tus "hermanos" que tanto te quieren. El egoísmo se ha impuesto, ha ganado todas las partidas, y los comentarios nos conducen por culpas con desganas. Has hecho desaparecer "ese gran encanto" de siempre. Eres listo, inteligente, un portento, único por tu preparación, casi perfecto, pero te has transformado en un ser mecánico con pausa para inserto de monedas. La superficialidad se ha apoderado de tu figura, y me siento triste porque te quiero. Pido todos los días por una salvación, por un nuevo encuentro, por un espíritu renovado. Es cuestión de intentarlo, de empezar, de arrastrar el carro. La Tora habla de un número limitado de almas. Por eso me interesa tanto la tuya. Me esforzaré por ese cambio, porque merece la pena para ti y para mí. Dentro de ti hay amor. Lo sé. Te llevo dentro. Quiero estar junto a ti.

A la espera de un milagro

No quiero olvidar. Las posibilidades manifiestas nos arrullan a la orilla de un lago que se convierte en Estigio. Grito. El vacío se adueña de casi todo. Huimos. Damos las gracias por unos aplausos que nos vienen bien, aunque no sean auténticos. La liga sigue su curso especial. No hay nadie que nos eche una mano. Acompañamos a los amigos en una especie de escolta que nos oculta la razón. Lo conveniente nos hace asomarnos a donde no queremos. Fumamos mientras esperamos. No sacamos partido. Nos quedamos con elementos extraños que nos imponen unas razones que agotan. Apretamos los dientes. Las demostraciones de habilidad nos quitan el fundamento de una existencia venida a menos. Nos rompen la moral y nos quedamos sin experimentos que desafíen las razones ciertas. No molesto. Llevo en el bolsillo el resultado de una disputa. No lo intento más. Hago esto y lo otro, y predico sin ejemplos. Ultimo la victoria con una bebida que mezcla los sentimientos con los deseos reales y ciertos. Nos pican con asuntos turbios. Mostramos las cartas marcadas y nos llevamos la música a otra parte con propuestas difíciles. No tenemos recursos. Las varas blancas nos repasan los teléfonos con imposiciones de sensación cierta. No vencemos, ni perdemos, ni decimos lo que vale este desastre de situación. No podemos regalar lo que no guardamos. Conocemos. Los segundos pasan como si fueran minutos, y éstos como si fueran horas, y éstas como días funestos que nos gustaría olvidar. Las sensaciones son diversas, complejas, en pura colección, y la cara nos inserta en medallones que refieren el poder perdido de antemano. La evolución es para atrás, pero podría ser de otro modo. Aguardamos un milagro.