Aprieto el acelerador,
y me siento solo.
Conquisto territorios
y obtengo éxitos
que me colocan
en el frontispicio
de una construcción inerte
llamada fama, prestigio.
Voy con la música
a cientos de partes
donde no me escuchan,
y sigo apretando la marcha
hasta sobrepasar
los límites que pretendía.
Lo interpreto nuevamente
como un triunfo,
y piso, sigo pisando
el acelerador de un vehículo
que me lleva sin causa
a la insensatez solitaria.
Miro a ambos lados,
y no veo a nadie,
quizá por la prisa,
que acreciento más y más.
Quiero ganar,
y aparentemente ganó
una partida perdida
siempre de antemano,
pues no se trata de tener,
sino de ser en la alegría
de compartir,
y para ello, amigos, amigas,
hay que levantar el pie
del maldito acelerador
y dejarse llevar
por el río de la vida,
que en eso consiste
la plácida felicidad.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario