Se muere un poeta, y todo el mundo gira sobre su
propio eje como si todo cambiara, pero, al volver al mismo punto, parece como si
todo permaneciera igual, que no es así. Se va una esencia, y el depósito de las
almas sanadoras se queda huérfano, con una gota de vida menos, con menos
esperanza, con la ilusión rota, siendo un poco más frágil de lo que fuimos.
La denuncia de los escribidores de versos, a decir
del ahora tan recordado Cervantes, es una especie de género literario superior,
que hemos de proteger, en los tiempos que corren como valor básico que es.
Afortunadamente, estos autores no corren peligro de extinción, pero sí pueden
sufrir el rencor, la traición y la ignorancia. No infravaloremos estas
imposturas.
Se van los grandes (ahora lo hemos percibido), pero
nunca nos abandonan del todo: podemos tener la convicción y la seguridad de que
otros grandes vendrán, con otras espiritualidades, con similares devociones,
con la comunión interior que los hace excepcionales, a ellos, por escribir así,
y también a nosotros cuando nos experimentamos de analógica guisa gracias a la
catarsis de sus letras.
Tengamos en cuenta lo siguiente: frente a las
pugnas, poesía; frente a la incultura, poesía; frente a lo soez, más poesía aún;
cuando nos vengan mal dadas, lectura de versos; en los instantes de soledad y
agonía, estrofas que nos hagan viajar como a los sufridores que cantaban
flamenco en las minas o en las fatigosas recolecciones… El antídoto está
servido.
Nada hay comparable a un poeta de altos vuelos, esto
es, el que se siente libre y nos hace autónomos, y no autómatas. Con sus
mensajes nos identificamos, porque, como decía el elefante enamorado en aquella
canción italiana, dentro de él había un corazón frágil de mariposa. Esos seres
de la Naturaleza sencillamente destacados, con unas vocaciones irrepetibles,
nos salvan cada día, nos sanan, con sus rezos, con sus cánticos, con sus
alegatos y obsesiones, con los atractivos de las buenas combinaciones de unos
vocablos que nos invitan a renacer en cada coma.
La apuesta por los poetas es una decisión ganadora,
aunque se nos rían en la cara, aunque se nos distancien los que dicen manejar
el mundo que, pese a todo, se desenvuelve hacia un margen discreto de
naturalidad y belleza en todos los órdenes. Al final se impone la vida, y con
ella los poetas, aunque pasen cientos de años para ello. Es su inmortalidad: en
su eternidad reconocemos la nuestra, la de la Humanidad, que precisa de esos
guerreros en Paz y en pos de la Justicia.
Pura amistad
Sus valores, filosóficos, antropológicos, nos envían
los serenos mensajes de una amistad profunda, incluso cuando somos
desconocidos, lo cual todavía hace más provechoso el encuentro de los
sentimientos. Calan en nosotros, y nosotros nos identificamos con ellos como si
estuviéramos en sus habitaciones, en sus cuartos de luces y sombras, en sus
soledades, en sus alegrías y tristezas, en sus saltos hacia delante, hacia
atrás, hacia el vacío. Es curioso cómo podemos entender a alguien pese a la
distancia temporal y espacial. Es el milagro de la poesía, del talento de
quienes la glosan.
La historia, sin duda, se escribe mejor con un puñado
de rimas o de juegos diestros de términos, incluso cuando éstos exponen
situaciones que merecen ser mutadas. Lo social precisa de quienes más
sensibilidad albergan. No olvidemos tampoco que hay muchas maneras de
interpretar la poesía, muchas, y en esa variedad está el sumo placer existencial.
Son los poetas, sí, ese Tesoro Inmaterial de la Humanidad.
Juan TOMÁS FRUTOS.

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