sábado, 18 de julio de 2026

HERIDAS QUE MARCAN

 Heridas que marcan


Hay heridas que duelen
porque cuando se abren
eres consciente, muy consciente,
de que nunca se cerrarán.

Hay heridas que se ciernen
como buitres leonados
que nunca se hartarán
de roerte, de abalanzarse,
para que no escapes.

Hay mucho dolor
en estas malditas heridas,
que abundan
en las enormes debilidades
que siempre nos colocaron
a desnivel.

Hay heridas que dan que hablar.
Nos hacen orificios perfectos
para los que nunca habrá cura.

Lo sabes,
y duelen a más no poder.
Nos han estado esperando
durante años,
y, al final, se han impuesto.

Son heridas que crecen,
que nos disparan al corazón,
que tienen la rabia
ya no contenida,
que se perpetúan sin escrúpulos,
que nos desatan
para perder libertad.

Son heridas
que tratarán de cambiarnos.
Podrán, antes o después,
con nosotros, con lo físico,
pero no se impondrán.
Es quizás lo único
que podemos decir.

Han aparecido,
esas condenadas heridas,
para sustentar sus garras
afiladas en la derrota
y en la soledad.

No hay superficie
para esos delirios de hartazgo,
para sus golpes a gritos.

Nos pueden en tramos.
Y se extienden.
Es así:
las heridas de las que hablo
son de esta guisa.

Son, por sus ansias,
por sus operatividades,
una verdad de desidia.

Nos echan a una sima.
Ya les adelanto
que no caeremos del todo,
por mucho que sean
estas heridas vacuas.

Perciben, deben constatar una cosa:
la esperanza con el bien
siempre triunfan
incluso ante la aglomeración
de esos cortes
y sus inevitables cicatrices,
que no olvidaremos.

Por eso duelen especialmente
desde ya.

Juan T.

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