miércoles, 23 de diciembre de 2009

Mudanzas y riesgos comunicativos

La valentía es, en todo momento, un valor que añade, que suma, que regala, aunque no sea en un plazo inmediato. Miremos el horizonte, y, en silencio, digamos que no es bueno estarse quietos. La vida está llena de cambios en todos los campos. Algunos son apenas perceptibles. Otros nos devoran con sus mutaciones radicales. Los más son frutos de la pura adaptación a lo que acontece, a lo que es, a lo que tiene un cierto sentido con el que poder crecer. A veces no es así. Vamos añadiendo, poco a poco, con el paso de los años, una serie de empatías con las que mejoramos, o lo intentamos, sobre todo espiritualmente, y eso es bueno.

Los cambios son consustánciales al ser humano. Sin ellos no hay evolución: el progreso sólo es posible gracias a ellos. Incluso es conveniente que ocurran con balances buenos y malos, pues, así, con esa perspectiva, aprendemos mucho más y sacamos provecho de las experiencias que no han resultado como pensábamos. No hay nada esencialmente malo si somos hábiles para optimizarlo.

Las mudanzas son vida, son consecuencia del directo existencial con el que nos divertimos, nos entristecemos, nos comunicamos, nos relacionamos, nos convertimos, nos regalamos todo tipo de presentes, etc. ¿Qué sería de nosotros/as, si siempre estuviéramos en el mismo punto? Supongo que sería muy aburrido. Hemos de estar ojo avizor para detectar lo que nos envuelve y valorar lo que nos aporta, para actuar como sea menester

Además, la esperanza en los cambios, en lo que suponen, en que siempre todo puede revertirse, en que lo malo puede trucarse en bueno, en que la verdad de todos y cada uno nos brinda más libertad, es la base para servir de testigos ante lo que sucede, que es el sustento inequívoco para construir un mundo de buenas sensaciones. Existen mucho más abundantemente de lo nos indican.

Tengamos, pues, la máxima autonomía de la que seamos capaces para que el deambular diario nos conduzca por pareceres nuevos. El derecho a la herejía del que hablaba Aristóteles es la sustancia prima con la que abordar diferentes eras en lo personal y también en lo colectivo. Todo entraña fantasía y, para recrearnos en ella, hemos de colocarnos en la conveniencia de aprender todos de todos.

La sinceridad para con nosotros mismos pasa por el afán de salir del inmovilismo, que hace que enfermemos mental y físicamente. El sedentarismo no es bueno en lo externo, y mucho menos en lo interno. No crecemos, no vemos más lejos, y eso nos convierte en estériles en muchas esferas. Sigamos sin miedo, incluso, como antes señalábamos, pese a la posibilidad cierta de que erremos.

Nada grande se ha hecho sin el riesgo y la osadía de continuar más allá del espacio que tenemos controlado por la historia o por las circunstancias que fueren. Siempre hay algo (bueno incluso) más allá, si tenemos la convicción de contemplarlo. Vivir es relacionarse, y relacionarse es comunicar. La singladura no ha de ser otra que aceptar el desafío de cambiar comunicando y de, comunicando, modificar aquello que nos rompe o limita. El único horizonte ha de ser no dañar a nadie, sino todo lo contrario: ayudar en lo que podamos. La bondad se da en todos los rincones. Es cuestión de buscarla. No ofrece dificultades. De verdad que está. Si nos planteamos con coraje cómo queremos que nos venga el futuro, seguro que vemos que todo lo que se modifica nos otorga un presente antes o después, en el doble sentido.

Juan TOMÁS FRUTOS.

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