sábado, 15 de diciembre de 2018

Bravo


Hay términos que son polisémicos. Muchos lo son, pues, como sabemos, es la intencionalidad y el contexto, junto a las interpretaciones de cada cual, que se proveen de las visiones que otorgan kinesia y proxémica, las que configuran un resultado y una óptica que no es fácil de captar. Como se dice, cada uno es quien es. Suelo repetir a mis alumnos, a propósito de las perspectivas, que una cosa es lo que queremos comunicar, otra cosa es lo que comunicamos, y una tercera lo que capta la audiencia. Puede y suele diferir.

Con esta premisa, me fijo en la palabra bravo. No echo mano del diccionario, pero es evidente que nos trae a la memoria fortaleza y valentía, incluso empeño perseverante, ganas de avanzar, pese a todo, contra viento y marea. Por ello es un término que aplicamos en el arte taurino. Tildamos al toro o calificamos una faena con este vocablo, que en poco glosa bastante.

Sin embargo, es posible que por su uso se deteriore. Eso pasa. Asimismo, acontece que no siempre damos el perfil merecido a las cosas, o a las personas, en función de las palabras, que puede que nos distancien del itinerario que queremos recorrer por el hecho de que la gran mayoría las utiliza para múltiples situaciones y a menudo con una profusión que les resta fundamento, quizá por aquello de las que empleamos sin mesura.

No seré yo quien diga que ralenticemos su pronunciación. Es, la de bravo, una calificación tierna, madura, determinante, cariñosa, cargada de poder, con reminiscencias al pasado desde un presente que proyecta futuro. Si algo es bravo lo decimos y punto. Debemos. Incluso cuando tengamos dudas no es malo subrayar ese aspecto notable, pues porta un cariño al que hemos de seguir, como nos recuerda "El Principito".

Sinceramente cuantificar lo bien hecho es digno de quien lo recibe, pero igualmente de quien otorga tal impresión. Estoy pensando, por ejemplo, y siguiendo el primer supuesto, en varias personas que, cuando suben la persiana ficticia y real cada mañana, como se lleva a cabo en un albero, se ganan un bravo infinito por la hermosura y el buen actuar que les acompañan. Por ellos, por ellas, va este artículo. Son como aquel río de película: seguramente mucho más.

Juan TOMÁS FRUTOS.

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