martes, 15 de diciembre de 2009

Entrega y buenos fines comunicativos

Los buenos fines en la actividad humana pasan por una entrega absoluta al quehacer al que nos encomendemos. El corazón ha de expandirse. No cerremos las ventanas de la vida, o no abramos únicamente unas cuantas. Pensemos que las opciones con inmensas como el océano. Lo son comunicativamente hablando. La aventura más fascinante del ser humano tiene que ver con el aprendizaje. Todos los segundos del día son una experiencia vital, o deben serlo. Lo que hacemos bien, lo que hacemos mal, lo que surge por inacción o contemplación, los pensamientos, las ausencias, las actitudes, las controversias, los entendimientos, las tranquilidades y las carencias de sosiego, las presencias, etc., todo comunica a nuestro alrededor, y de todo ese compendio de cuestiones podemos aprender, incluso aprender a comprender, desde las ópticas que nos regala lo cotidiano.

No todo tiene que ser grandilocuente. No debe. Recibimos lecciones sencillas y complejas, directas e indirectas, con estímulos o con faltas de entusiasmo… Los estados de ánimo también dependen de muchos vectores de influencia. El caso es que el regalo se produce. Somos capaces de aprender de cuanto nos circunda, o bien hemos de estar atentos para poder hacerlo. No dejemos que el tiempo pase de manera gratuita, al menos no en ese sentido que expresamos.

Decía el poeta Luis Rosales que hemos de estar abiertos al mundo, yo diría que al universo de circunstancias que tanto nos indican el camino. Hemos de ir consolidando expresiones y posturas desde la idea de que el viaje humano es una singladura para perfeccionarnos, sabiendo que no es posible el grado máximo, y que seguramente tampoco es conveniente.

La existencia es un cúmulo de posibilidades. Lo importante es detectarlas, optimizarlas y sacarles un provecho que, en todo caso, ha de ser compartido. La dirección correcta es siempre la que tiene que ver con el aprendizaje, con la formación, con la cultura, con la voluntad de entender al que tenemos a nuestro lado, y, para ello, debemos conocerlo con entrega y buenos propósitos.

Giremos, pues, la mirada y tratemos de conocer lo que nos ofrece un mundo convertido en demasiado competencial. Las prisas no suelen darnos los resultados apetecidos. Miremos y veamos, e incluso demos con el suficiente tiempo para analizar e interpretar lo que sucede. Con sus luces y sombras, todos, incluyendo nosotros mismos, hemos de aprender del prójimo, por cercanía, por necesidad, por llegar a una dicha que, así, se podrá expandir por todos los rincones de lo conocido y de lo desconocido. Probemos. Como reza el Desiderata, todos nos pueden enseñar algo. Para ello hemos de creerlo de corazón, como subrayamos al principio. Procuremos sembrar bondad y, más pronto que tarde, cosecharemos esos buenos fines de los que nos hemos de beneficiar conjuntamente.

Juan TOMÁS FRUTOS.

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