viernes, 22 de enero de 2010

Responsabilidad en ser buenos para una buena comunicación

Comunicar entraña una enorme responsabilidad, incluso cuando pensamos que se trata de procesos más o menos nimios. En ella, la bondad es el punto de referencia, o, su equivalente, los buenos propósitos. Así debería ser. Los baluartes comunicativos han de ser, esencialmente, la búsqueda de la verdad desde la buena intención procurando servir de la mejor manera posible a los interlocutores, enseñando desde la humildad, pero también desde la firmeza, yendo hacia delante con paso entregado y sin prisa. La voluntad ha de ser básica. La bondad, la solidaridad, las creencias en positivo, las actuaciones correctoras cuando sea menester, los anhelos en función de todos, de los demás, de la sociedad misma, han de ser ejes vertebradores de la actividad en la que nos incardinemos cada jornada.

Hablemos siempre con responsabilidad, buscando el contexto, dando las explicaciones necesarias para que el mensaje llegue y llegue bien. La vida es eso: una entrega absoluta para que las cosas tengan su efecto, el fin deseado. Miremos a los demás, tengamos en cuenta sus gestos, sus ademanes, sus maneras de hacer y de percibir. Estemos tranquilos, sosegados, procurando que las cosas salgan de manera natural, sin resortes delgados que a menudo apenas se ven.

Oteemos en estos elementos, circunstancias, momentos o actitudes las necesarias bases para que todo el procedimiento que se sigue, consciente o inconscientemente, en materia comunicativa llegue a un buen puerto y con estupendos resultados. Seamos sensatos, aunque eso no quiere decir que no podamos arriesgar, que seguramente debemos. Hemos de insistir para dar con las válidas intenciones y atenciones que un intercambio de ideas y de opiniones ha de albergar.

La vida es un compendio de acontecimientos que vamos encajando gracias a la comunicación. Pensemos en ellos desde la ternura, desde la consideración más idónea y puede que también más espontánea. La frescura en el quehacer cotidiano, la persecución de una instantánea actualización, el afán por mejorar desde la inquietud tranquila son bases para construir la realidad comunicativa que, en éste y en otros casos, equivale a realidad en las relaciones y en el encuentro diario.

Hagámonos caso, tengamos en cuenta las tareas y los intentos de los otros desde la sensación tenue de que juntos podemos llegar con unas extraordinarias galas. Vistamos los mejores hábitos. Miremos, intentemos escudriñar lo que acontece, contemplemos las emociones desde el distingo de lo preciso, de lo necesario, de lo que puede ser insistentemente bueno. Generemos emociones con unas gracias que nos han de portar a la amistad suprema, y siempre basada en una idónea, que no ideal, comunicación.

Nos debemos agarrar, pues, a las pretensiones más universalmente bondadosas, en el afán de búsqueda de la credibilidad, de los amables fines de paz, amor y entendimiento, que también añaden, sin duda, un poco de salud, por las actitudes que entrañan. Hagamos caso a cuanto es, a lo que es, a lo que viene, a lo que podría ser, con garbo y buenas señales. Miremos, seamos, hablemos. Las aptitudes y actitudes han de coaligarse desde la mirada más hermosa para llegar al paraíso del entendimiento, de la compresión. No hay nada, no, no hay nada más bello. No olvidemos que tenemos la responsabilidad de ser buenos para conseguir una buena comunicación. Ahora y siempre.

Juan TOMÁS FRUTOS.

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