jueves, 19 de junio de 2008

No veo

Hoy no tengo ganas de escribir. En realidad, no tengo ganas de nada. No sé qué hacer, y me he aproximado a mi eterno y callado amigo, el ordenador, para contarle no sé muy bien qué cosa. Es uno de esos días tontos, supertontos, idiotas del todo. Inexplicablemente, uno se ha ganado un malestar que pasa factura. Es ridículo sentirse mal sin una causa aparente, o con ella, sobre todo porque no hay una razón objetiva. No falta, no me falta, de nada sustancial. Es posible que por eso mismo uno se meta en el hastío de querer cambiar un mundo que no se deja cambiar con facilidad. También puede que uno deba mudar su espíritu, cuando eso es ya pedir la Luna. Se es como se es, y basta, y sin suprema dicha, cambiando la frase del poeta. La realidad es que estoy flojo, tristón, como sin fuerzas, como sin ímpetu para utilizarlas. En esta jornada anodina y anónima, no acierto a comprender qué es lo que debo hacer, y por eso escribo unas líneas que comparto con todos vosotros, amigos y amigas de cualquier rincón, que avistáis el panorama sin rechistar, pendientes de lo que sucede, agazapados ante un destino que unas veces nos conduce y otras muchas nos arrastra, como señalaba Séneca. En estos instantes cuento lo que sigue: Miro y nada: no entiendo nada en absoluto. Las opresiones de cientos de vidas se ciernen sobre la insensatez que embiste como un toro, y callo en esta navegación sin rumbo. Doy de bruces en el suelo sin caerme siquiera, sin estar de pié. Mis ojos se clavan en mi espíritu, derrotado en mil batallas perdidas. No juego, no quiero hacerlo. Se me ha ido todo al traste. Mi mala elección me ha “vampirizado”, y no entiendo como he venido a parar a este lago estancado. La bruma de la mañana ha llegado hasta la noche trágica que ha colocado el cartel de “no queda dicha ni sensaciones”. Me escondo de mí mismo, y digo que todo va bien, muy bien incluso, en un acto de exageración. Me duele lo que pasa, que es terrible como el peso del deshonor por las mil guerras que consentimos. La creación me contempla y no acierta a decirme dónde debo estar. No estoy de hecho ni de derecho. Me vuelvo con la casa a cuestas, con la envidia de los esclavistas, con las miradas de los filósofos, que, como yo, no ven nada, porque prefieren no captar en sus retinas las aflicciones genéricas de un universo que gira hasta marearnos. Soy como los pobres indios conquistados por unos desalmados en busca de propiedades. No entiendo que el hombre o la mujer posean tierras, cuando es la Naturaleza la que nos posee a nosotros. Eso: que no veo nada.

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