lunes, 7 de julio de 2008
Chocolate y miel
Eres como la miel, quizá mucho más. Superas esa “sustancia” dulce preparada por las abejas a partir del néctar de las flores, de jugos azucarados extra-florales de los vegetales y de jugos azucarados. Te has convertido en alimento, en toda una experiencia de mansedumbre y de nutrición variada. No esperaba dar con tanto en mi azarosa vida. Has completado un círculo que me propone volver a empezar cada vez que puedo. Aderezas cualquier situación y la haces más sabrosa, mucho más. Tus labios y tus jugos son elementos concentrados. Agregas secreciones glandulares que fomentan los azúcares contenidos en el néctar de tu saliva. Tus caricias, tus besos, nos convierten a los dos en sensaciones asimilables. Podemos cumplir unas extraordinarias funciones como productores de energías y proveedores de calor. La producción de nuestro dulce amor depende de varios factores: del número de encuentros; de la marcha de la estación, y, sobre todo, de la existencia de un abundante frescor en el paisaje que nos rodea. El cariño que nos profesamos es como el jugo aromático que nos transforma y que nos hace más y mejores personas. La cantidad y la calidad de las relaciones influyen en los resultados, que pueden ser desastrosos o inconmensurables. Tus fluidos se han constituido, desde los tiempos más remotos, en uno de los principales alimentos de mi humanidad, que pongo a tu disposición. Ya no soy yo sin ti. Eres la única sustancia que levanta pasiones. Tengo suerte con el edulcorante natural y hechizante que me regalas. Te considero como uno de los alimentos más apreciados. Mi cuerpo está pendiente de ti: estoy enganchado. Te has convertido en mi disfrute personal sin miedo a sanción. Sé que nos merecemos en este decorado que comienzo a visitar con habitualidad. Eres mi estrella de relumbrón, mi morada cromada, mi elegancia fina. Supones todo lo que me personaliza y me hace ser más digno de pertenecer a una estirpe, la de los enamorados, que no se extinguirá jamás. Muestras tus maneras simpáticas, tus aires libres y dulces, y me convierto en la abeja que porta tus sensibilidades, tus sensaciones, hasta lo más interno del corazón. Acelero para no perderte. Siento un gran estruendo que corrige las distorsiones. No olvides que con franqueza te amo. Estás presente entre el abanico de faros solares que no deslumbran sino que permiten compartir todas las pistas de una coyuntura amorosa, la nuestra, que no tendrá fin. En cifras calladas eres capaz de ganar y de dejar a todos con miradas atónitas y cuchicheando. Yo, entretanto, te amo y capto todos los sabores a flores, a helados, a postres y a caramelos. Eres como el chocolate.
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