Te recojo y me voy con la música a otra parte, con la emoción en las manos, con la postura vencida, con las caricias que no te ofrecí. Vuelvo a tu vera, y suspendo todos mis criterios, que seguro que fueron equivocados. Me cortejas, y lo acepto arrepentido, lo que es una manera de perdonarnos los dos.
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Me regalas tu presencia y yo te sigo como un perrito faldero que cree en una diosa. Te persigo hasta el otro lado del universo reconocido y por inventar. Nos tomamos un café y recreamos la historia.
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Somos el engranaje perfecto, la sintonía más maravillosa del mundo, la versión más modesta. Nos sentimos orgullosos de una apetencia compartida en la que ambos seremos sinceros. Puede que la felicidad venga de camino.
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